29 de mayo de 2011

potaje



Pienso, luego me indigno.

Sólo una estrella osaba brillar anoche en el cielo cargado de contaminación. El zumbido del helicótpero desataba un pintoresco abanico de saludos, protestas y tensiones. La indignación y la exaltación chocaban en el aire. Constante lucha de opuestos, el deseo (convertido ya en necesidad) de calma de unos frente al comportamiento soez y las ganas de guerra de otros. De repente, el ruido de petardos y vengalas empezó a confundirse con los balazos de goma. Se alzaron brazos y papeles blancos a modo de impermeable. Que corran ellos, tú no te muevas. Gente de todo tipo con las manos en alto, tragándose el miedo. Muro-paraguas para impedir que la lluvia de incoherencia y la avalancha de estolidez empapasen la plaza.

Llámame intolerante, si quieres, pero jamás podré entender el fanatismo desproporcionado, las ansias de joder, la necesidad de alterar cualquier tipo de orden establecido, la rabia de perro, el puño de la violencia para demostrar míseras pizcas de poder... El contenido, al fin y al cabo, de ciertas cabezas que a simple vista parecen huecas, vacías, un agujero negro de estupidez.

Otro ingrediente añadido al potaje de la desgana.

18 de mayo de 2011

instantes

Quizás los sueños se petrificaron en aquella porción tan breve de tiempo en que la duda venció al deseo.

Mis ojos parpadean a cámara lenta, como intentando almacenar diapositivas de aquellos instantes que aún siento latir en el tiempo, momentos-funambulistas que se tambalean sobre el hilo del presente mientras alargo con ansia los brazos para evitar que se despeñen al abismal mundo de los pretéritos. Los alargo más, y más, pero ya crece en mi interior el ápice de nostalgia que me recuerda que es imposible agarrarse a la inmediatez de las horas.

Quién pudiese eternizar la complejidad de un instante: el humo de un cigarro que se consume entre los dedos, una mirada nadando en el aire, otra colgada en la azotea del edificio más alto de la ciudad (o el menos bajo, qué más dará), el ronroneo de una vespa atravesándote los oídos, el olor del sol pegado a los labios, rasguños de salitre pintando ilusión y la bombona de butano de aquel balcón arropando tu vergüenza... Quién pudiese cazar las sensaciones que resultan de semejante ecuación y detenerlas en el tiempo, como aquel día en que traté de asirme a tus besos y acabé llorando en un triste portal.

Tiento al sueño escuchando aquella canción de Zenet que me lleva a tu cama y me abraza a tu cuerpo. Recuerda, nos vemos esta noche en la Era, segunda estrella a la izquierda, pasada la constelación de Orión.

De mientras, resuenan bajo mi piel los susurros del viento de primavera. Siga escribiendo, señorita Montalvo, siga escribiendo.