26 de abril de 2011

nuvolari I: contando peldaños



Cuando estudiaba Arquitectura solía escabullirme de algunas clases para sentarme en el marco de esta ventana. Uno de los principios básicos que más pronto aprendí en la carrera es que todo es cuestión de perspectivas, un simple juego de espejos: la realidad varía según el punto de vista y los ojos con qué se mire. Desde entonces decidí dedicarme a buscar ventanas para ver el mundo, y ésta era una de las que más me impresionaba.

Arrojaba el vértigo en la cuneta y subía hasta el séptimo piso contando a cada paso los peldaños de la escalera. Por aquel entonces no me planteaba que pudiesen existir unas instrucciones para subir al cielo; porque, sí, la verdad es que estar sentado en el alféizar de aquel ventanal era sentirse mucho más cerca de las nubes que del asfalto. No sé en qué pensaba cuando estaba ahí arriba, creo que tan sólo miraba y sentía. ¿Te imaginas? Sentir, nada más... Parpadear a cámara lenta y respirar la lluvia recién exprimida, los silbidos del viento besando la piel, el ronroneo de los coches-hormiga, las farolas-luciérnagas iluminando la ciudad...

16 de abril de 2011

agua

No sabía cuál era la razón que le impedía salir de la ducha. Quizás era la necesidad imperiosa de lluvia, la dichosa astenia primaveral o un simple capricho del cuerpo, pero el caso es que era incapaz de apagar el grifo. Necesitaba sentir que el agua le corría por la piel, que se limpiaba de malas energías, que los pensamientos corrosivos se desprendían de su cabeza y se le desenredaban del pelo las ideas ingratas que hacía días que venían amenazando tormenta.

Sólo se veía capaz de hacer un par de cosas más en lugar de no estar en la ducha: trepar al tejado a colgar cometas o despegar con su pecera-transbordador rumbo a Plutón. Difícil elección, así que mejor seguir debajo del agua, sintiendo la lluvia latir en las venas. Al fin y al cabo, si seguía mojándose, seguro que conseguía que de cada peca le naciese una pizca de ilusión.

11 de abril de 2011

crece la hierba

Creo que es imposible olvidar los sollozos de aquella voz en medio del desierto, palabras escritas por los rescoldos de la fuerza que aún sobrevivía en las profundidades de su vientre abatido, gritos sordos convertidos en viento, pidiendo acallar las miradas ajenas colmadas de compasión. No puedo soportar que me miren como si fuese a morirme de un momento a otro, decía. Se ve en los ojos, ¿sabes? Las pupilas delatan a aquellos que esperan mi último latido. Y esto sí que es enfermizo, insoportable.

Vuelven a mí las canciones-refugio, las tarareo sin darme cuenta, en el tren, en la ducha, en clase. Don’t panic, me digo, mientras me repito una y otra vez que crece la hierba en el primer cajón de la estación de primavera. Jodidos miedos y malditas dudas, siempre acechando el momento más débil para asaltarte en la esquina más solitaria de la ciudad.

El jardín está más bonito que nunca estos días. Las margaritas le sonríen al sol y brillan las luciérnagas al anochecer. Yo también quiero luz, sonrisas, ilusión. Créeme, no me apetece para nada volver a estar triste ni recaer en la apatía. Pero a veces regresan recuerdos en forma de brisa para teñir los días de melancolía, tormentas cargadas de noticias amargas, lágrimas asépticas que agujerean los paraguas. ¿Y entonces qué?


Perseguir las estrellas para no acabar como un pez en una pecera.

7 de abril de 2011

Kay

¿Sabes qué? Que me largo.


He vuelto a cansarme otra vez, a aborrecer todos estos puñados de sueños rotos.


Qué miedo me daba convertirme en Kay y clavarte uno de esos cristalitos de hielo en el alma. ¿Te acuerdas? Que explotase mi refugio-burbuja y que los pedacitos de vidrio te rasguñasen la piel. No podía soportar esa idea y sin embargo aprendí a ignorarla, a mirar hacia otro lado para poder comerte a besos sin sentir el miedo de abrirte heridas de aquellas que a duras penas tapan las tiritas.


Qué fracaso. De repente un día pasa una estrella fugaz y te dejas llevar por la inercia de su brillo. ¿Y lo demás? A veces basta parpadear para cambiar de vida. A veces, cuando menos te lo esperas, la Reina de las Nieves vuelve a por ti. Giras la esquina y ahí está, invisible, polvo en el aire tropezándose con tu aliento, dibujando espinas en tus abrazos y cambiándote el calor de la sangre por soplidos de invierno.


Que sí, que me voy en busca de otra ventana, otro agujero con vistas al mar.