1 de marzo de 2011

toque de queda

Dicen que el paso del tiempo apacigua los latidos de la ausencia, que con el correr de los días llega el polvo del olvido y los recuerdos se emborronan tras el cristal de la distancia, de la idealización. Sin embargo, pronto hará un año que Neus se fue y es ahora cuando más grandes se hacen los vacíos, como si el lastre de todos estos meses hiciese más pesada la evidencia de que no está.

Dicen, también, que las palabras se las lleva el viento. Que caminante no hay camino, sino que se hace camino al andar. Y que se puede vivir de sueños, en este mundo en el que el Sol se apaga y el ayer es Nunca Jamás. El Universo ha vuelto a dar su toque de queda. Qué pena, por eso, que el alto volúmen de la soberbia y esa estúpida manía de mirar por encima del hombro hayan impedido oír las sirenas. Otra vez tropezamos, y si te fijas, no deja de ser la misma piedra.

Las cifras, las imágenes, las previsiones... son tan espantosas que hielan los sentidos. Se habla de muertos como de arena mientras los ecos sordos de la ciudad siguen arrodillándose ante los imperativos de Caín. El hombre, sin embargo, permanece impávido y ciego frente el reflejo que le muestran los espejos rotos: el mar es feroz, pero deja de engañarte, que no es él, sino tú, el Caín de este cuento.

En el país derrumbado cae la nieve sin parar, quizás en un intento macabro de esconder la tragedia, de teñir de blanco-paz, blanco-aséptico, la nube negra que se esparce en el cielo. El tiempo no cesa, ¿no sientes retumbar los segundos en lo más hondo de las entrañas? Un día se muere el vecino, al día siguiente, alguien muy cercano, al otro, miles y miles de hombres como tú. Pero el tiempo sigue, porque aunque hoy seas tú el que se marche, mañana volverá a salir el sol para todos los que se quedan.

Es él, dicen, el tiempo. Es él el que cierra las heridas, el que todo lo cura...