14 de julio de 2011

diques

Cuando me explicaron que el cardiólogo le había recomendado a papá que aprendiese a vivir el momento y que se aferrase con fuerza a los días no supe qué sentir. Se me hizo diminuto el corazón. Por un instante volví al invierno, me faltaba ropa sobre la piel o cualquier piel ajena que me arropase. Aunque pronto regresé al verano y le puse diques al pensamiento. Salí a tomar algo, a bailar un poco, a hacer un billar. ¿Para qué pensarlo?, me dije, y relegué aquellas palabras asépticas al olvido superficial; por miedo, tal vez, o por esa ridícula manía de hacer ver que todo va bien, que nada va a demoler los esquemas del orden establecido.

Pero no es tan fácil engañar al cuerpo. Ahora padezco de pequeños inviernos repentinos. Ansiedad, según el médico. Me crece la pena por dentro como si fuese una de aquellas plantas que echan raíces hasta en la arena. No quiero pastillas, sólo quiero saberlo llevar. Sin fingir que no ocurre nada, sin ensalzar pesimismos, sin... sin... Sólo con un poco de naturalidad.


4 comentarios:

iTxaro dijo...

ser revelde a lo que nos ocurre no sirve de nada. Tenemos que convivir con lo que somos, como dices con naturalidad

beso

la vida té vida pròpia dijo...

respirar profundament va bé :-) i escriure, i baixar a la terra, notar els peus arrelats i la sang que circula des d'allí i torna la normalitat als batecs del cor.

una abraçada!

Anónimo dijo...

adelante

Frágil dijo...

No hace mucho ese invierno se ha instalado dentro de mi.
Hay veces que pienso que estoy bien, pero la cosa más nímia desata la tristeza que habita en mi.
Espero que se canse y marche pronto.