29 de mayo de 2011

potaje



Pienso, luego me indigno.

Sólo una estrella osaba brillar anoche en el cielo cargado de contaminación. El zumbido del helicótpero desataba un pintoresco abanico de saludos, protestas y tensiones. La indignación y la exaltación chocaban en el aire. Constante lucha de opuestos, el deseo (convertido ya en necesidad) de calma de unos frente al comportamiento soez y las ganas de guerra de otros. De repente, el ruido de petardos y vengalas empezó a confundirse con los balazos de goma. Se alzaron brazos y papeles blancos a modo de impermeable. Que corran ellos, tú no te muevas. Gente de todo tipo con las manos en alto, tragándose el miedo. Muro-paraguas para impedir que la lluvia de incoherencia y la avalancha de estolidez empapasen la plaza.

Llámame intolerante, si quieres, pero jamás podré entender el fanatismo desproporcionado, las ansias de joder, la necesidad de alterar cualquier tipo de orden establecido, la rabia de perro, el puño de la violencia para demostrar míseras pizcas de poder... El contenido, al fin y al cabo, de ciertas cabezas que a simple vista parecen huecas, vacías, un agujero negro de estupidez.

Otro ingrediente añadido al potaje de la desgana.