16 de abril de 2011

agua

No sabía cuál era la razón que le impedía salir de la ducha. Quizás era la necesidad imperiosa de lluvia, la dichosa astenia primaveral o un simple capricho del cuerpo, pero el caso es que era incapaz de apagar el grifo. Necesitaba sentir que el agua le corría por la piel, que se limpiaba de malas energías, que los pensamientos corrosivos se desprendían de su cabeza y se le desenredaban del pelo las ideas ingratas que hacía días que venían amenazando tormenta.

Sólo se veía capaz de hacer un par de cosas más en lugar de no estar en la ducha: trepar al tejado a colgar cometas o despegar con su pecera-transbordador rumbo a Plutón. Difícil elección, así que mejor seguir debajo del agua, sintiendo la lluvia latir en las venas. Al fin y al cabo, si seguía mojándose, seguro que conseguía que de cada peca le naciese una pizca de ilusión.

1 comentario:

Jei dijo...

hay que regar las ilusiones para que crezcan. Es eso, no?
Cuidado no las ahogues :)