19 de julio de 2011

el viejo y el mar

I tornar a servir cafès a la terrassa del bar Antonio, cerveses i sardines a la plaça d'un poblet de pescadors on les hores passen al ritme de les ones, casetes blanques i llumetes de festa major filant estiu entre fanals i moreres.

És com si, d'un temps ençà, l'atzar hagués cartografiat el buit de la inèrcia, com si els instants estiguessin enllaçats amb els imperdibles de la casualitat. Ahir, després de passar mig matí a la llibreria intentant trobar un títol que em cridés l'atenció, vaig desistir per indecisa. Marxava amb les mans buides, fins que de sobte, quan m'acomiadava d'en Jordi, vaig sentir el xiuxiuar d'un llibre que em cridava des del prestatge més alt: el viejo y el mar, mussitava Hemingway, el viejo y el mar. Qui m'anava a dir que era la lectura que ho lligava tot, feina, somni, sentit i pensament, una peça més del trencaclosques de moments, moments d'aquells en què sona la cançó ideal al volum perfecte, en què cau la pluja amb la mateixa intensitat que la tristesa, o pesques un estel amb un lleuger parpellejar.

S'han desplegat les veles, bufa llevant. El vent tria el rumb i la indecisió esdevé supèrflua. Tret de crear mals de panxa, els dubtes i les pors no tenen pes suficient per fer virar el vaixell.

Serveixo musclos a la marinera i tallats curts de cafè, somric mirant el mar. Penso, somio, imagino. Et penso i t'enyoro a 10 minuts d'aquí. Enyoro la vall, la boira ploranera i el verd ufanós dels boscos, verds de totes les tonalitats. Però m'omplo de mar i t'abraço. Trobar-me a faltar és una de les teves formes d'estimar-me, em dius a cau d'orella. Qui m'anava a dir que m'arribaries a conèixer tan bé. Respira i viu, em dic jo per dins, tant se val l'endemà.

14 de julio de 2011

diques

Cuando me explicaron que el cardiólogo le había recomendado a papá que aprendiese a vivir el momento y que se aferrase con fuerza a los días no supe qué sentir. Se me hizo diminuto el corazón. Por un instante volví al invierno, me faltaba ropa sobre la piel o cualquier piel ajena que me arropase. Aunque pronto regresé al verano y le puse diques al pensamiento. Salí a tomar algo, a bailar un poco, a hacer un billar. ¿Para qué pensarlo?, me dije, y relegué aquellas palabras asépticas al olvido superficial; por miedo, tal vez, o por esa ridícula manía de hacer ver que todo va bien, que nada va a demoler los esquemas del orden establecido.

Pero no es tan fácil engañar al cuerpo. Ahora padezco de pequeños inviernos repentinos. Ansiedad, según el médico. Me crece la pena por dentro como si fuese una de aquellas plantas que echan raíces hasta en la arena. No quiero pastillas, sólo quiero saberlo llevar. Sin fingir que no ocurre nada, sin ensalzar pesimismos, sin... sin... Sólo con un poco de naturalidad.


13 de julio de 2011

inventario

Desde que hice las paces con mi soledad me levanto por las mañanas mucho más tranquila. He decidido que voy a hacer un inventario de palabras para recuperar el hábito y las ganas de escribir. Por algún sitio hay que empezar a lidiar la batalla con la pereza. Anoche, leyendo a Martín Gaite en su cuento de nunca acabar, me hablaba precisamente del perezoso que se enreda en pretextos y deja pasar las horas con la estúpida excusa de que ya vendrán más, del "ya lo haré mañana". Me sentí tan identificada en sus páginas como siempre, y decidí que tenía que encontrar de una vez por todas el momento de empezar a perderme de nuevo en el inmenso y caótico universo de la palabra. "Lo importante es perder el miedo, y volverse a perder sin miedo".

10 de junio de 2011

fils de pluja




Tal vegada hauria de demanar-te perdó, dir-te que ho sento encara que se m'apagui la veu. Si sabessis que tot ve d'aquí, del sentir, de sentir que la música m'entra com fil per les orelles i que el vespre fa olor de nostalgia. Que em moc com una fulla atrapada dins d'un espiral de vent, com aquelles gotes d'aigua que llisquen pel vidre buscant el camí més planer. I que tremolo amb el dringar de la pluja, els dits freds i la pell cada cop més molla. Es lleven els dies grisos i no para mai de ploure. Tampoc la música para de sonar i quan més fils tinc per dins més m'abraça la malenconia. No és tristesa, sinó aquella paraula que fa tants anys que miro d'inventar. Un petit hivern, tarannà de garúa, gust de saudade... Com t'ho diria? És un nocturn de Chopin entre la remor de les ones. Ho hauria de fer, demanar-te perdó. Per no trobar la paraula i no saber explicar-te que no és pas tristesa, ni melangia. Que ho porto dins i a vegades ho necessito, sentir i tremolar, com si el món girés a càmera lenta i jo ballés dins d'una peixera gengant, pioggia che cade, vita che scorre...

29 de mayo de 2011

potaje



Pienso, luego me indigno.

Sólo una estrella osaba brillar anoche en el cielo cargado de contaminación. El zumbido del helicótpero desataba un pintoresco abanico de saludos, protestas y tensiones. La indignación y la exaltación chocaban en el aire. Constante lucha de opuestos, el deseo (convertido ya en necesidad) de calma de unos frente al comportamiento soez y las ganas de guerra de otros. De repente, el ruido de petardos y vengalas empezó a confundirse con los balazos de goma. Se alzaron brazos y papeles blancos a modo de impermeable. Que corran ellos, tú no te muevas. Gente de todo tipo con las manos en alto, tragándose el miedo. Muro-paraguas para impedir que la lluvia de incoherencia y la avalancha de estolidez empapasen la plaza.

Llámame intolerante, si quieres, pero jamás podré entender el fanatismo desproporcionado, las ansias de joder, la necesidad de alterar cualquier tipo de orden establecido, la rabia de perro, el puño de la violencia para demostrar míseras pizcas de poder... El contenido, al fin y al cabo, de ciertas cabezas que a simple vista parecen huecas, vacías, un agujero negro de estupidez.

Otro ingrediente añadido al potaje de la desgana.

18 de mayo de 2011

instantes

Quizás los sueños se petrificaron en aquella porción tan breve de tiempo en que la duda venció al deseo.

Mis ojos parpadean a cámara lenta, como intentando almacenar diapositivas de aquellos instantes que aún siento latir en el tiempo, momentos-funambulistas que se tambalean sobre el hilo del presente mientras alargo con ansia los brazos para evitar que se despeñen al abismal mundo de los pretéritos. Los alargo más, y más, pero ya crece en mi interior el ápice de nostalgia que me recuerda que es imposible agarrarse a la inmediatez de las horas.

Quién pudiese eternizar la complejidad de un instante: el humo de un cigarro que se consume entre los dedos, una mirada nadando en el aire, otra colgada en la azotea del edificio más alto de la ciudad (o el menos bajo, qué más dará), el ronroneo de una vespa atravesándote los oídos, el olor del sol pegado a los labios, rasguños de salitre pintando ilusión y la bombona de butano de aquel balcón arropando tu vergüenza... Quién pudiese cazar las sensaciones que resultan de semejante ecuación y detenerlas en el tiempo, como aquel día en que traté de asirme a tus besos y acabé llorando en un triste portal.

Tiento al sueño escuchando aquella canción de Zenet que me lleva a tu cama y me abraza a tu cuerpo. Recuerda, nos vemos esta noche en la Era, segunda estrella a la izquierda, pasada la constelación de Orión.

De mientras, resuenan bajo mi piel los susurros del viento de primavera. Siga escribiendo, señorita Montalvo, siga escribiendo.

26 de abril de 2011

nuvolari I: contando peldaños



Cuando estudiaba Arquitectura solía escabullirme de algunas clases para sentarme en el marco de esta ventana. Uno de los principios básicos que más pronto aprendí en la carrera es que todo es cuestión de perspectivas, un simple juego de espejos: la realidad varía según el punto de vista y los ojos con qué se mire. Desde entonces decidí dedicarme a buscar ventanas para ver el mundo, y ésta era una de las que más me impresionaba.

Arrojaba el vértigo en la cuneta y subía hasta el séptimo piso contando a cada paso los peldaños de la escalera. Por aquel entonces no me planteaba que pudiesen existir unas instrucciones para subir al cielo; porque, sí, la verdad es que estar sentado en el alféizar de aquel ventanal era sentirse mucho más cerca de las nubes que del asfalto. No sé en qué pensaba cuando estaba ahí arriba, creo que tan sólo miraba y sentía. ¿Te imaginas? Sentir, nada más... Parpadear a cámara lenta y respirar la lluvia recién exprimida, los silbidos del viento besando la piel, el ronroneo de los coches-hormiga, las farolas-luciérnagas iluminando la ciudad...

16 de abril de 2011

agua

No sabía cuál era la razón que le impedía salir de la ducha. Quizás era la necesidad imperiosa de lluvia, la dichosa astenia primaveral o un simple capricho del cuerpo, pero el caso es que era incapaz de apagar el grifo. Necesitaba sentir que el agua le corría por la piel, que se limpiaba de malas energías, que los pensamientos corrosivos se desprendían de su cabeza y se le desenredaban del pelo las ideas ingratas que hacía días que venían amenazando tormenta.

Sólo se veía capaz de hacer un par de cosas más en lugar de no estar en la ducha: trepar al tejado a colgar cometas o despegar con su pecera-transbordador rumbo a Plutón. Difícil elección, así que mejor seguir debajo del agua, sintiendo la lluvia latir en las venas. Al fin y al cabo, si seguía mojándose, seguro que conseguía que de cada peca le naciese una pizca de ilusión.

11 de abril de 2011

crece la hierba

Creo que es imposible olvidar los sollozos de aquella voz en medio del desierto, palabras escritas por los rescoldos de la fuerza que aún sobrevivía en las profundidades de su vientre abatido, gritos sordos convertidos en viento, pidiendo acallar las miradas ajenas colmadas de compasión. No puedo soportar que me miren como si fuese a morirme de un momento a otro, decía. Se ve en los ojos, ¿sabes? Las pupilas delatan a aquellos que esperan mi último latido. Y esto sí que es enfermizo, insoportable.

Vuelven a mí las canciones-refugio, las tarareo sin darme cuenta, en el tren, en la ducha, en clase. Don’t panic, me digo, mientras me repito una y otra vez que crece la hierba en el primer cajón de la estación de primavera. Jodidos miedos y malditas dudas, siempre acechando el momento más débil para asaltarte en la esquina más solitaria de la ciudad.

El jardín está más bonito que nunca estos días. Las margaritas le sonríen al sol y brillan las luciérnagas al anochecer. Yo también quiero luz, sonrisas, ilusión. Créeme, no me apetece para nada volver a estar triste ni recaer en la apatía. Pero a veces regresan recuerdos en forma de brisa para teñir los días de melancolía, tormentas cargadas de noticias amargas, lágrimas asépticas que agujerean los paraguas. ¿Y entonces qué?


Perseguir las estrellas para no acabar como un pez en una pecera.

7 de abril de 2011

Kay

¿Sabes qué? Que me largo.


He vuelto a cansarme otra vez, a aborrecer todos estos puñados de sueños rotos.


Qué miedo me daba convertirme en Kay y clavarte uno de esos cristalitos de hielo en el alma. ¿Te acuerdas? Que explotase mi refugio-burbuja y que los pedacitos de vidrio te rasguñasen la piel. No podía soportar esa idea y sin embargo aprendí a ignorarla, a mirar hacia otro lado para poder comerte a besos sin sentir el miedo de abrirte heridas de aquellas que a duras penas tapan las tiritas.


Qué fracaso. De repente un día pasa una estrella fugaz y te dejas llevar por la inercia de su brillo. ¿Y lo demás? A veces basta parpadear para cambiar de vida. A veces, cuando menos te lo esperas, la Reina de las Nieves vuelve a por ti. Giras la esquina y ahí está, invisible, polvo en el aire tropezándose con tu aliento, dibujando espinas en tus abrazos y cambiándote el calor de la sangre por soplidos de invierno.


Que sí, que me voy en busca de otra ventana, otro agujero con vistas al mar.

1 de marzo de 2011

toque de queda

Dicen que el paso del tiempo apacigua los latidos de la ausencia, que con el correr de los días llega el polvo del olvido y los recuerdos se emborronan tras el cristal de la distancia, de la idealización. Sin embargo, pronto hará un año que Neus se fue y es ahora cuando más grandes se hacen los vacíos, como si el lastre de todos estos meses hiciese más pesada la evidencia de que no está.

Dicen, también, que las palabras se las lleva el viento. Que caminante no hay camino, sino que se hace camino al andar. Y que se puede vivir de sueños, en este mundo en el que el Sol se apaga y el ayer es Nunca Jamás. El Universo ha vuelto a dar su toque de queda. Qué pena, por eso, que el alto volúmen de la soberbia y esa estúpida manía de mirar por encima del hombro hayan impedido oír las sirenas. Otra vez tropezamos, y si te fijas, no deja de ser la misma piedra.

Las cifras, las imágenes, las previsiones... son tan espantosas que hielan los sentidos. Se habla de muertos como de arena mientras los ecos sordos de la ciudad siguen arrodillándose ante los imperativos de Caín. El hombre, sin embargo, permanece impávido y ciego frente el reflejo que le muestran los espejos rotos: el mar es feroz, pero deja de engañarte, que no es él, sino tú, el Caín de este cuento.

En el país derrumbado cae la nieve sin parar, quizás en un intento macabro de esconder la tragedia, de teñir de blanco-paz, blanco-aséptico, la nube negra que se esparce en el cielo. El tiempo no cesa, ¿no sientes retumbar los segundos en lo más hondo de las entrañas? Un día se muere el vecino, al día siguiente, alguien muy cercano, al otro, miles y miles de hombres como tú. Pero el tiempo sigue, porque aunque hoy seas tú el que se marche, mañana volverá a salir el sol para todos los que se quedan.

Es él, dicen, el tiempo. Es él el que cierra las heridas, el que todo lo cura...