26 de julio de 2010

Pasito a pasito

Ella nunca decidía la dirección, tan sólo seguía el impulso de sus pasos al caminar. Y así vivía, a base de inercia.

23 de julio de 2010

volver

Café con leche en vaso, bien cargado. El mar a mi espalda y la brisa colándose entre la ropa. Me encantaría vivir en un lugar así. Parece mentira que a tan pocos kilómetros del gigante de la ciudad exista un pueblo de pescadores tan chiquitín y encantador como este. Es como una grieta en la realidad, un hueco atemporal. Las baldosas de la acera tienen forma de peces entrelazados y las paredes de las casas son todas blancas. Me imagino la posada Almayer en una de estas calles tan estrechas, o a Sofía Montalvo intercambiando papeles con Mariana León en el bar de las rocas.

Cierra los ojos. Respira y déjate llevar. Imagina una terraza sobre el mar, en un pequeño acantilado. Las mesas son blancas, igual que las sillas, la carpintería azul y las luces (apagadas ahora) son bombillas sueltas que cuelgan de un hilo. Tú estás sentada en una de esas mesas con un café entre las manos. O un vino tinto, o una Cocacola con hielo y limón. Lo que tomes no importa, quédate con la imagen de que estás ahí sentada, la playa –chiquitita también, porque todo lo que hay en este pueblo es de tamaño reducido, la medida exacta para desprender esta especie de intimidad tan tranquilizadora, una intimidad que se mezcla con cierta nostalgia, es una sensación muy especial, pero espera, hablaba de la playa, ¿verdad? Estas sentada en una silla, que es de plástico pero eso tampoco importa, y la playa se despliega ante tus ojos. Respiras salitre y el viento del norte te roza suavemente la nuca. Le das un sorbo a tu copa y las olas que rompen contra las rocas te salpican en la piel, gotitas de agua salada sobre la mesa, en el pelo, entre los dedos... Son como pedacitos de cristal pero no cortan, se cuelan dentro de ti por los agujeros de las pecas. ¿Lo sientes? Es el mar filtrándose en tu interior. Podría ser un día cualquiera de otoño, o principios de primavera, pero sin embargo se trata de una mañana del mes de julio. Los días como este hay que aprovecharlos, el cielo nublado y el viento tibio son algo inédito del verano. La sensación que comentaba antes de la nostalgia con un tiempo así me resulta indefinible. Debería de inventar una palabra que comprimiese el café en vaso, las olas-cristal, el salitre en el aire y las nubes en los ojos un 21 de julio para podértelo explicar. ¿Todavía tienes los ojos cerrados? Ya puedes abrirlos, que no es ningún sueño, es de verdad.

El ruido acompasado de una escoba me recuerda que debería volver a casa pero me resisto. Pararía el tiempo para quedarme aquí. O sin pararlo. Me quedaría aquí sentada, escuchando el mar, como si no existiese nada más que este rincón en la Tierra, como si no tuviese que volver a ninguna parte y no exitiesen las esperas. Pero siempre hay que volver, regresar a algún lugar. Aunque un día seré capaz de tomar la decisión de largarme, irme bien lejos... porque seguro que en el mundo hay miles de grietas como esta que me esperan. Están esperando mi llegada y no mi vuelta. Y un día llegaré.