27 de octubre de 2009

Groenlandia

Hoy es uno de esos días en que tiemblo más por vicio que por frío, porque no hace frío, en realidad, pero a menudo se me despierta el invierno que llevo dentro y a mis pulmones les da por transformar en nieve el aire que se me cuela por la boca al respirar.

Mi piel se convierte en un caparazón de hielo y me convierto en un pequeño esquimal. Y no te abrazo. Por miedo a escarcharte, quizás, pero no te abrazo. Te miro con ojos torpes, en su lugar, mientras dejo que mis manos inertes se refugien dentro de los bolsillos del pantalón. Me tropiezo al caminar con los besos destemplados que no osan saltar de mis labios a tu boca porque son como trocitos de espejos rotos que no te quieren lastimar. Y sigo sin abrazarte porque el invierno de mi cuerpo ha decidido que hoy toca temporal.

Perdóname, por tanto frío. Por estos viajes inexplicables a Groenlandia y estas sobredosis de indolencia. Te debo un café, o un par de vinos. Pero sobre todo, un verano eterno.

21 de octubre de 2009

Con mis manos

Me ha despertado de madrugada la lluvia sobre el tejado. Caía tan fuerte que me ha servido de despertador. Me he levantado a mirar por la ventana, todavía no había amanecido. La cortina de agua era tan densa que he tenido la sensación de que traspasaría las paredes. Me he puesto las gafas y he bajado a la cocina a por un par de galletas. Luego he vuelto a meterme debajo la manta, pero he empezado a echarte de menos con la intensidad de la lluvia y casi sentía que me dolía la piel. A veces, la ausencia de tu cuerpo pegado al mío produce un efecto similar al de ese frío tan frío que llega a quemar. Es un efecto sensorial, algo parecido a lo de los efectos ópticos.
Ahora son las tres de la tarde y sigo en pijama. El cielo no para de estornudar y a ratos vuelven a exprimirse las nubes. La semana pasada volví a retomar el piano. Me senté en el taburete y pasé los dedos por encima de las teclas llenas de polvo. Soplé un poco los lomos de los libros, que después de tantos meses, seguían intactos en la pequeña repisa que sirve de atril. Los hojeé un poco y me puse a tocar. Fue un alivio sentir que volvían a salir notas de mis manos. Y es que estos últimos días ya empezaba a darlas por inútiles, pensaba que se habían vuelto torpes y que era culpa suya que hubiese dejado de escribir (es un tormento, eso de pasarse la vida buscando culpables). Pero no, qué culpa iban a tener las pobres de que mi imaginación ahuyentara las palabras.
Por suerte parece que he conseguido recuperarlas, las palabras. Al menos el otoño trajo consigo unas cuantas enredadas en la hojarasca. Mis manos tan solo pecan de inocencia, de pasarse las horas enteras inventándote caricas aun cuando no estás, de buscar día y noche recovecos entre mis huesos para agasajar hasta el más tímido y oculto de tus lunares.

15 de octubre de 2009

Piove sulla città...

La semana pasada los árboles del claustro metían sus ramas por las ventanas como si tuviesen ganas de aprender a hablar en italiano. Hoy llovía a cántaros tras los cristales cerrados mientras el frío se apoderaba de todos los rincones della città. Qué curioso, hay una chica en clase que se llama Natalia pero el profe confunde su nombre con Nostalgia.

Empieza a inquietarme mi falta de palabras. Se fueron de vacaciones a principios de verano y todavía no han decidido volver. Las palabras, digo. Creo que nunca se habían ido tan lejos y por tanto tiempo. No, no se trata de ese pánico a la hoja en blanco del que me han hablado alguna vez, es más bien un vacío. Abro la libreta y no encuentro ningún hilo del que tirar, no me sale nada de entre los dedos. Y es que no están, todas las letras, todos los verbos... deben de haber encontrado otro lugar para habitar mejor que mis manos, porque por más que las busco, no logro conseguir que regresen.

Créeme, esta vez no son las ganas, son las palabras las que no están.