27 de agosto de 2009

lluvia

Como cada verano, he perdido la cuenta de los días. No sé si estamos a miércoles o a domingo pero no importa. Tu sonrisa sigue pareciéndome la más bonita del mundo y, a pesar de ello, no creo que el tiempo haya cambiado su velocidad.

Anteayer me metí en la FNAC para comprar unos cd’s y me perdí las únicas cuatro gotas de lluvia del verano. Qué rabia.

A veces tengo la sensación de que faltan palabras en el diccionario. Ahora mismo, por ejemplo, porque no estoy triste, ni nostálgica, ni apática, ni desganada, ni melancólica. Pero por más que busco letra por letra, no consigo encontrar una expresión que me valga para contarte lo que me pasa.

Es como si sintiese las cosas de una forma extraña, como si (no) estuviese en ninguna parte. Se me escapa la mente por los oídos y no sé cómo atraparla, por el ombligo, por los lagrimales; el corazón me late en la boca y no sé muy bien por dónde respirar. Se me caen trocitos de cielo encima y no puedo parar de imaginar que desaparecen los veranos y que llega un invierno eterno.

Tengo muchisimas ganas de que se desvanezca este bochornoso calor y llegue el otoño. Estos últimos días me meto en la cama deseando que a la mañana siguiente el cielo despierte lleno de nubes, nubes por todas partes. Qué más da que sea lunes o jueves, lo único que quiero es que empiece a llover.

5 de agosto de 2009

instinto

Quererla no es ninguna cualidad sobrehumana que me convierta en heroína. Y quererla tampoco me va a servir para sacarla de la amargura, para arrancarle las tristezas, la acidez y los reproches que ha ido almacenando durante tantos años contra la vida, contra el destino. Lo jodido, después de reconocer que soy mortal, es saber qué hacer, cuando me resulta tan insoportable dejar que me arrastre y hundirme con ella como mirar atrás y ver que se ahoga mientras yo echo a nadar para salir a flote. Será que nunca he llevado suficientemente arraigado el instinto de supervivencia.