27 de julio de 2009

niebla

La niebla se desprende del cielo a una velocidad de vértigo. Dentro de nada empezarán a colarse las nubes por la ventana, flotarán por la habitación y se me enredaran con las pestañas. Ojalá estuvieses aquí, en esta maraña de tiempo, en este inmenso mar verde, donde el calor se esconde entre las ramas de los árboles y el frío asoma su nariz tras el atardecer. Y no pasan las horas, sólo los segundos llueven a cámara lenta, y llueven por inercia, casi por obligación, porque si fuese por los abetos, por las margaritas, o por las mariposas de color lila que vuelan ausentes al mundo, como si no existiese apenas nada más allá de sus alas, si fuese por ellos estoy segura que la lluvia cesaría y el tiempo permanecería inmóvil. Intacto. Ojalá, digo, estuvieses conmigo en esta burbuja, en este pequeño paraíso donde sólo faltan los besos, los tuyos, tú y tus manos y tu piel para calmar las ganas que me pesan ya en la espalda, para acallar el ruido, tanto y tanto ruido que le grita a tu sombra cuando no estás.

10 de julio de 2009

Ondina


Existen los días malos. Existen, porque es inevitable que haya algo que no encaje, por diminuto que sea, en el más perfecto y bello de los rompecabezas. Un día malo en la etapa más feliz que creas haber vivido, la pieza que baila, aquella sombra –ligera, ligerísima sombra- que se filtra a través del lienzo del óleo más luminoso que puedas imaginar. Un borrón, un gurruño, una mancha. Y es esa maldita mancha lo que hace que se nublen días como hoy (hoy, que coincide curiosamente con el día más gris de todo el verano), y parece hasta mentira, una estúpida broma del hombre del tiempo, que se ponga a llover, a diluviar a pleno julio mientras meto en la maleta los pantalones más cortos que tengo y la crema del sol –ojalá se pudiese meter en un bote el sol, rayos a cuentagotas, qué fantasía, y untar el cielo para absorber tormentas así, untarte la cara, los labios, el cuerpo entero lleno de sol antes de que estalle entre las dos este silencio en truenos, ¡brrum!, sol para evitar las cataratas por dentro, tráquea abajo, los pulmones empapados, las piernas, los tobillos, los pies, ojalá-, de protección cincuenta para pieles blanquísimas (como la tuya y la mía), y me digo a regañadientes que no, que hoy no me voy a mojar, no voy a dejar que se me agujeree el paraguas habiendo despertado hace un rato en tu cama. Cierro los ojos y aprieto los dientes para despertar otra vez en tus abrazos, como hace apenas unas horas, tus abrazos impermeables, tienen que ser impermeables tus abrazos (mi vestido) para esta mañana de lluvia, menudo chaparrón, ¿sabes qué te digo?, que me vuelvo al bar, no me voy a mojar (tal vez mañana, pero no hoy). Me vuelvo a la misma mesa donde hemos desayunado –hace unas horas, ¿lo he dicho ya?- los bostezos más dulces mojados en el café, el bar Salvador y su café para despertar a cualquiera, aquí seguro que no llueve y total, la maleta la puedo ir haciendo mientras te espero en esta misma silla, al lado de la máquina de tabaco, porque tú te has ido a trabajar y yo a casa a hacer la maleta, pero en realidad sigo en el bar, esperando a que vuelvas del reparto para apaciguar la borrasca que se me ha formado en el estómago, joder con el borrón, vendrás a las dos y me plantarás un beso en la boca, ¿verdad?, corre, corre que se me asoman ya los relámpagos en la garganta y dónde están tus besos-paraguas, tus manos-chubasquero, tus miradas de algodón. Un chasquido, zas, para que vuelvas a buscarme, tú untada de sol cayendo del cielo con el paraguas de Mary Poppins, vienes a mí, aterrizas en el borde de la chimenea (mis labios amoratados) y te deslizas hacia el interior como una pluma, una mota de polvo serpenteando en mis entrañas, te cuelas hasta el fondo, hasta el último de mis recodos para lamer todas las goteras (lengua-fontanera), las manchas de humedad, las tuberías mal colladas, y hasta parece que me haces cosquillas, ríe Sofía, échate a reír parece que me dices, qué facilidad para escurrir granos de arena, ven aquí, anda, si es que eres capaz de exprimir tormentas de un diminuto granito de arena. Tu voz-biodramina y la lluvia que se calma, montones y montones de ropa sobre la cama, camisetas de verano y el volante de aquel vestido negro tras el cual se me antoja el abismo, las raíces del diluvio, el origen de este tumultuoso día, un hilo que se escapa de las costuras del dobladillo para trazar el interrogante que se deshace en gusano ahorcándome las venas… ¿y si es verdad, si es verdad que desde que te quiero la soledad se refugia a dos pasos de ti?

5 de julio de 2009

el primer día del resto de tu vida

Mi madre ha vuelto de Roma enamorada de la guardia suiza. Mi padre le insinúa si tiene algún amante y ella se echa a reír. Creo que nunca habían vuelto de un viaje saliendo juntos en tantas fotos. Les he recomendado la peli que vimos el viernes en el cine. Salimos las dos llorando a pesar de habernos reído un montón. Nos abrazamos fuertísimo y nos metimos a cenar en el japonés que hay al lado de las taquillas. Me he dado cuenta de que cada vez soy más adicta a los fideos asiáticos y a los fines de semana en tu balcón. Y a besarte, sobretodo. A besarte como si cada instante, cada segundo, fuese el primero del resto de nuestras vidas.

2 de julio de 2009

tirando del hilo


Mi abuela bate los huevos en platos planos y tiene una nevera de 42 años. Empezaría un libro con esta frase. O con la que dijiste anoche mientras cenábamos en la terraza del restaurante que descubrimos por casualidad. La chica de los ojos de gato tenía un grado de dispersión tan alto que se mareaba al intentar seguir el hilo de su propia conversación.

Tengo tantas cosas por escribir que se me emboza el filtro de las ideas. Y es que es tan efímero todo lo que me pasa por la cabeza que no me da tiempo ni de cazarlo al vuelo. Cientos de burbujas inertes en el aire que se desintegran con un simple suspiro, en el breve instante de parpadear. Un segundo y ¡zas!, de repente sólo queda el poso de la divagación taponando la tubería de las palabras.

La semana pasada estuve mirando viajes para escaparme con Abril. Praga, Berlín, Cerdeña, París, Bilbao, Cádiz o aquel pueblo tan chiquitín del Valle de Arán. Se me antoja Copenhague porque me gusta cómo suena. Copenhague... Últimamente tengo la sensación de que los lugares más bonitos del mundo nos llaman a gritos, los fotógrafos de postales a la expectativa de nuestra llegada. ¿Te imaginas? Al final compramos un par de billetes para Maó, y no paro de contar las horas que faltan para cerrar la maleta.