14 de junio de 2009

je t'aime

He limpiado el zócalo de la escalera y no paro de estornudar. Le he sacado el polvo al piano mientras una ardilla me miraba desde el tronco de uno de los pinos del jardín. Me miraba muy atenta, con los ojos muy abiertos. Quizás esperaba que me sentase a tocar, pero tenía tanto calor que he salido a tirarme de cabeza al agua. Me he tumbado en el bordillo de la piscina y llevo media hora mirando el cielo. El planetario de tu mirada. Me quedo en babia y sonrío estúpidamente porque el tequila de anoche nos sentó tan mal que me dejaste darle una calada a tu cigarro y aspiré con tanta fuerza que todavía tengo tu risa bailando en los pulmones (la nicotina la eché cantando a gritos por la ventana). Esta tarde me has vuelto a ganar al trivial en tu terraza. Llega el verano y todo sabe a terraza y a jardín. El desayuno, los libros, la comida –tu boca-, el café, los mojitos, la siesta –tu piel-… Desde que sonrío tanto, tengo la sensación de que los inviernos de mi vida están empezando a pasar de moda. Creo que mi ilusión ha alquilado su iglú de escarcha y se ha largado a anidar a la sombra de las margaritas del mes de abril.

10 de junio de 2009

metamorfosis


Alargo los brazos. Los ojos cerrados, las manos abiertas. Palpo los huecos del espacio con movimientos torpes, la respiración acelerada, los latidos inseguros. Me estiro un poco más, esperando que el frío de las paredes de nácar se adhiera a mi piel, pero no siento nada. Tanteo el vacío, que se me antoja infinito ante la ausencia de diques, al no oír siquiera el eco del desasosiego. De repente, leves rasguños se me abren en los dedos, vidrios diminutos clavándose entre las uñas y el ruido de cristales rotos bajo mis pies. No, no puede ser, ha estallado la burbuja de las ficciones, el salvavidas al que me agarraba para sacudir la pereza de vivir… ¿Y ahora qué? Me tropiezo con las ruinas de la mentira. Sigo palpando a ciegas, vacilando cada gesto, cada paso, mientras el tiempo rebota dentro de mi cabeza a ritmo de cuentagotas: tic - tac, tic - tac, y mi corazón que sigue lanzando pulsaciones al aire en forma de bengala. El frío que ahora se me agarra a la piel no tiene nada que ver con el tacto del nácar. Siento que me ahogo, me ahogo, me ahogo… Hasta que de pronto una bocanada de oxígeno me hincha el pecho oprimido por tus brazos. Tu boca en la mía y las rayas de las sábanas enredadas con tus pestañas. Los cristales son tus pecas y de mis dedos se despojan los hilos de tu voz. Y es que, al abrir los ojos, la pereza de vivir se desintegra entre las grietas de la ficción. Ficción ya no son tus besos, ni aquel cometa. Es real, en este instante. Alargo los brazos y palpo tu cara, el sueño, la ilusión metamorfoseada en ti.

6 de junio de 2009

desolado


Me pesan los pies al borde de la cama, cuelgan, como el peso muerto que se mete de repente en el bolsillo, un día, así porque sí, después de comer, o al salir de la ducha, o al bajar del tren. O esta tarde, y no hace más que arrastrarte hacia atrás, hacia la maldita baldosa mal collada de la nostalgia. De repente, también, tumbada boca arriba sobre la ropa desplegada que dejé anteanoche por toda la habitación, miro el techo y se vuelven de plomo las ganas de llorar. Por nada, nunca es nada. Sólo que a veces los gramos se convierten en toneladas y las fuerzas se resisten a ser algo más que un puñado de paja. Y todo son de repentes, porque ahora, de repente, se me vienen encima unas ganas enormes de haber ido al concierto de esta noche, y de que me abraces por detrás, pegada a mí, y me susurres al oído el dónde vas, tan solo y tan tarde que no deja de repetirse en mi cabeza desde que sonó el otro día en la radio.

5 de junio de 2009

cerezas



Hace un año, por estas fechas, conocí a Marta en la biblioteca, comiendo cerezas. Recuerdo que ese día estaba más enamorada de las nubes que nunca, y se lo dije. También recuerdo que me dio la sensación de que debió de pensar que era tonta, por mi estúpida manía de comer un número impar de cerezas y no parar de mirar el cielo. Pero al cabo de tres días nos quedamos sin aliento besándonos en algún punto impropio del universo.