14 de mayo de 2009

salitre (o el lugar más bonito del mundo)


Vuelve la época en que todas las costuras de la ropa se me llenan de arena. Un café a ras de orilla mientras los silbidos del viento trenzan tu pelo. Las olas de color plomo se comen los veleros, y a lo lejos, mar adentro, se ahogan los fantasmas que habitaban bajo mi almohada. Un par de gaviotas nos sobrevuelan la cabeza y llueve tan flojito que tan siquiera se nota.

¿No te recuerda este momento al final de aquel libro que me dejaste apenas conocernos? Los lugares y las canciones más bonitas del mundo te llaman a gritos. A ti, Abril, porque ahora sí que son bonitos, bonitos de verdad.

Me sacudo los zapatos en las rocas de esta playa diminuta y te miro mirar el mar con los ojos a la deriva. Te has quedado atrás y el tiempo se ha parado a tu lado. Es como una instantánea de esas antiguas, una escena de las que salen en las películas y que te hacen llorar sin saber por qué. Porque no es tristeza, es… esa especie de nostalgia de los abrazos de despedida, de canción de invierno, de domingo sin ti.

Te miro y parpadeo. Y miro al cielo, y me echo a correr. Y siento –por fin- que mi vida es mía, ya no es ajena. Me paro frente a ti y te muerdo (tan flojito como la lluvia al cielo) los restos de salitre que se te han quedado enganchados a los labios. Sabes a café y te beso como si el mundo girase en vano, como si fuésemos las dos desconocidas de aquel cuadro que siempre soñé que rompería con el blanco de mi comedor.

8 de mayo de 2009

mojitos

La profesora de la camiseta de Los Ramones nos preguntó el otro día en clase si nos habíamos fijado en que la gente mayor utiliza muchos más diminutivos que los jóvenes. Es como si las palabras se fuesen haciendo pequeñas a medida que vamos perdiendo la cuenta de los años, nos dijo. Y yo debo de haber crecido muchísimo desde que conocí a Abril, porque desde entonces uso un montón. Es curioso, antes las cosas eran pequeñas y ahora son pequeñitas. 

Hace un año, cuando las cosas aún eran simplemente pequeñas, coleccionaba atardeceres con los apuntes de física en la playa. Me iba a estudiar por las tardes delante del mar, y cuando me cansaba de intentar resolver problemas de tensores y termodinámica, me dedicaba a perseguir las nubes y los resquicios de sol con la cámara de fotos. Este año leo artículos sobre la temporalidad verbal mientras me imagino sentada en la mesa de madera de su terraza. En su pequeñita y encantadora terraza picando hielo para los mojitos de después de cenar. 

Los apuntes escurriéndose entre la barandilla del balcón, perdiéndose en el cielo como el globo rojo que se le ha escapado al niño aquel que se ve tan chiquitito desde aquí arriba. Salmón al horno y ensalada de muchos colores. De postre hacemos el amor con Shivaree de fondo. Qué insípidos me parecen ahora todos aquellos atardeceres... Quizás sea verdad que me hecho muy mayor, pero ojalá que las cosas nunca dejen de ser tan pequeñitas como ahora. 

7 de mayo de 2009

si silbas, te vengo a buscar...

Hoy me he despertado una hora antes de lo normal pensando que llegaba tarde y no me he dado cuenta hasta que he bajado a desayunar. Estamos a mayo y hace un calor de julio. Qué ganas tenía ya de sol a todas horas, de atardeceres en la cocina haciendo la cena. Tengo un día de esos en los que no puedo escuchar una sola canción entera. Estoy tan dispersa que se me han comido las callejuelas de la ciudad. Me he parado un momento frente al escaparate de las hamacas de la calle Ample y de repente he aparecido en otro lugar. Estoy segura de que era otro lugar. He caminado un rato sin saber muy bien dónde estaba, pero al girar una esquina he vuelto a Barcelona con la misma facilidad asombrosa con la que caminan los gatos por la pared.

Mi móvil está debajo de los raíles de la vía ocho de la estación de Sants y mi madre me ha dado un silbato esta mañana al salir de casa por si me pasa algo. Dice que es una pena que ya no sea una niña, porque si no me habría dicho que si silbaba con todas mis fuerzas me vendría a buscar, y me lo habría creído. Yo le he dicho que me lo podía decir igual, al fin y al cabo, hace unos meses yo también le regalé uno a Abril para que lo utilizara cuando tuviese ganas de abrazarme. Creo que creer no tiene nada que ver con la edad. ¿He dicho unos meses? Cómo pasa el tiempo... (y nos seguimos queriendo igual).