26 de abril de 2009

domingos



Quién me iba a decir que llegarían a importarme los partidos del Barça. Y que llegaría a arrepentirme tanto de no darme la vuelta en la estación, un domingo, después de despedirme a regañadientes de ti. Esta noche ha vuelto el invierno y se me ha hecho un nudo enorme en el estómago cuando me he dado cuenta de que si te vas ahora se me hielan los latidos. Estalactitas en las venas, qué dolor. Es el miedo, y no tú, el que me ha hecho llorar. Tranquila, un mal domingo. Nada más.

17 de abril de 2009

agua


Al entrar en la librería se quedó afuera un sol de primavera radiante, y al salir, apenas cinco minutos más tarde, una nube inmensa se expandía sobre la ciudad. Negra, muy negra. Algún dios debía tener muy mal día porque los gruñidos del cielo hacían temblar hasta las paredes de la catedral. Menos mal que llevaba en el bolsillo de la chaqueta un frasco de esas nubes rosas para días grises. De repente empezó a caer un granizo del tamaño de una canica y la calle se quedó vacía. Qué facilidad tienen algunos para desaparecer.

Fue raro, al instante volvió a salir el sol. Hielo a medio cuajar en los parabrisas de los coches, en los bancos, en los alcorques, en pleno abril. Y yo que inconscientemente fui a coger un puñadito para metérmelo en el bolsillo, como si no supiese que en menos de nada se convertiría en agua escolándose entre mis dedos. A veces tengo la sensación de que hay cosas que se me borran de la cabeza porque no las quiero saber, como cuando miro muchas veces la misma película esperando que alguien le dé la vuelta el final.

Una vez, de pequeña, fui de vacaciones con mis padres al Pirineo y al volver quise llevarle de recuerdo a mi abuela un cubo lleno de nieve. Me dijeron que era absurdo porque se iba a deshacer, pero yo no me lo quise creer. De hecho, no me lo he creído aún, a pesar de que al llegar a casa sólo encontré un montón de agua esparcida por el maletero.

¿Has visto que dentro de esa gota de lluvia se refleja el bosque al revés? Debe de ser ahí donde viven las hadas...

15 de abril de 2009

limón


Crece la hierba regada por el sol de media tarde mientras suena Jason Mraz al volumen exacto y se cuela la densidad de luz perfecta a través de mis gafas de sol. Es imposible no pensar en ti, y no sonreír al hacerlo. Cierro los ojos y me invade la extraña sensación de que el mundo gira a la velocidad ideal y de que todo se mueve con una fluidez armónica especial. No sé si me explico... Sí, la primavera y el amor... pero son pequeñas estas dos palabras como para pretender que abarquen la inmensidad de tu sonrisa entre sus sílabas. Creo que nunca había tenido los latidos tan estabilizados como cuando pienso en ti. Es... sentir a cada momento que las nubes se enredan en el pelo, que las estrellas están al alcance de las manos. Porque al fin y al cabo una estrella puede ser cualquier cosa, desde un trozo de papel hasta el reflejo de tus pupilas, que la clave está ahí, siempre ahí, en los ojos del que lo mira. Y los míos están llenos de ilusión. ¿Quién te dice que el cielo no puede ser amarillo? Basta con despertar en tu cama, bajo tus sábanas de color limón.

6 de abril de 2009

peces

Realmente, le costaba entender por qué, si acababa de entrar en casa con una sonrisa en la boca, había conseguido en menos de tres minutos que su padre se encerrase en el baño de un portazo y que su madre saliese al jardín a cortar el seto con cara de perro. No se lo explicaba muy bien, pero de repente se quedó sola en el comedor, y al mirar a su alrededor, le entró uno de esos ataques de apatía que se la comían a veces por dentro. Se quedó rabiando en el comedor unos instantes. Cogió el bolso con la intención de largarse a dar una vuelta, pero se echó para atrás justo cuando su mano ya estaba decidida a abrir la puerta. Sabía perfectamente que cuando sale de casa así, parece que a todas las calles les da por desembocar en el mar y le entran unas ganas irrefrenables de llorar. Y como hoy no tocaba llorar, porque hacía apenas un momento se tropezaba con su sonrisa, se dio la vuelta y se sentó frente al ordenador con el bolso mal colgado aún en el hombro. Miró el correo mecánicamente, sin prestarle demasiada atención, y entre tanto se acordó de la portada del libro que le regaló H la tarde anterior: salía una pecera redonda con dos pececitos de esos de agua dulce mirándose de frente, uno naranja y otro verde. Muchas veces se sentía un poco pez. Palpó la bolsa para comprobar si lo llevaba dentro, se topó primero con el monedero y con el ruido metálico de las llaves, pero enseguida notó con los dedos la tapa dura y sus cuatro esquinas. "Me voy a mi cuarto a leer tirada en la cama", se dijo, y se levantó de la silla dejando el ordenador encendido. El clec, clec, clec de las tijeras de podar resiguió sus pasos por la escalera, y ya en el último peldaño, vio la habitación del piano al fondo del pasillo. Hacía casi un mes que no tocaba nada, ni una nota. El libro o el piano, el libro o el piano..., se desplomó sobre los cuadros de su edredón porque nunca ha sabido sentarse delante del teclado cuando se enfada. Total, al final tampoco acabó leyendo. Se quedó embobada mirando los peces, pensando que si lo abría, si abría el libro, lo único que haría sería reseguir palabras con los ojos sin percatarse de nada. Así que, sacó el estuche del bolso, que ahora ya no llevaba colgando del hombro sino que estaba tirado en el suelo, y se puso a escribir en la libreta con la inercia del pensamiento. Y le salió esta maldita historia en pasado y en tercera persona, con las sonrisas subrayadas y la apatía en un borrón de tinta. Porque hoy me he levantado contenta y tenía ganas de sonreír.