31 de marzo de 2009

geografía


Y todo lo grande que puedo sentirme a veces se reduce a nada con sólo parpadear. Puntos de vista, sí, pero es que aún me cuesta creer que se pueda cambiar de punto con un simple pestañeo. Por más que lo intento, no consigo acostumbrarme a mis cambios de ánimo repentinos. Y tan repentinos. La metamorfosis tiene que darse a velocidades descomunales para transformar un elefante en la pulga que le hace cosquillas en su propia oreja en menos de tres milésimas de segundo.

Intento acoplarme a mí, ¿sabes? Adaptarme a mi forma de ser y cambiar, ni que sea a pequeña escala, los acantilados más abruptos de mi carácter. Para tener menos neuras y gustarme un poco más, pero sobretodo por lo de las resignaciones. Nunca se me ha dado demasiado bien resignarme con lo ajeno, pero soy nula para hacerlo conmigo misma. Un grado de exigencia excesivo, tal vez. Ya, ya me han dicho en alguna otra ocasión que quizás sería más fácil disminuir la altura de los listones en vez de enredarme en tan complejas tareas de geógrafo, pero tampoco pretendo cartografiarme a la carta… No es eso. Trato de acoplarme, sencillamente.

Cuestión de supervivencia, según se mire. No me gustaría morir ahorcada por las líneas topográficas de mi mapa particular. ¿Sabes a qué me refiero?

19 de marzo de 2009

el mismo mar de todos los veranos


Seguramente fui a escoger el peor de los bares de toda la calle, aunque antes de entrar los hubiese tanteado todos. Un zumo de naranja natural servido en copa de cava. El capricho de cruasán lo guardé en el monedero justo en el momento en que desdoblaba el billete de cinco para pagarle a la chica del delantal y la gorra verde. El peor, seguro. Cómo odio que te atiendan sin mirarte un solo segundo a la cara. Me senté lejos del mostrador, de cara a la puerta. Y saqué mi libro de la carpeta después de darle un sorbo al zumo. Uno nuevo. De los quince libros que tengo en el primer estante, ocho están sin acabar, pero ayer volví a caer en la tentación de comprarme otro más. El mismo mar de todos los veranos.

Los títulos me inspiran. Me pondría a escribir mil historias cada vez que entro en una librería. Esta mañana me ha vuelto a pasar en La Central. Se me alborotan las ideas y empiezo a centrifugar palabras inconscientemente, a mil por hora. Hasta se me cansa la mano de escribir de mentira, porque no escribo, no. Llevo tres días vagando por Barcelona, tomándome cafés en bares recónditos que no paro de descubrir -tengo una extraña debilidad por las calles estrechísimas -, cafés a todas horas y no he sido capaz de abrir la libreta más que un par de veces, sin pasar de la misma página en blanco.

Cómo no me va a doler la cabeza si lo dejo todo encerrado ahí, si todas las letras que intentan salirme por las manos se quedan atrancadas entre los dedos y el papel. Debería subir a la terraza a tender alguna lavadora de pensamientos, lo tengo pendiente desde hace días, pero últimamente sólo me apetece subir a la azotea para respirar el humo de tabaco de manzana que desprendías el otro día haciendo círculos con la boca. Trepar por la vieja escalera de peldaños descompensados y tumbarme en la hamaca de rayas de colores a mirar las luces dormidas de la enorme ciudad. Se me antoja un silencio impropio, el ruido callado de las calles a punto de amanecer. Se enrojece el cielo mientras te respiro en este tejado. Me fumo tus sonrisas, aunque no sepa fumar. Tus sonrisas, y tu voz, tus besos, tu piel. Mucho mejor que cualquier otra droga. Qué ganas de que llegue el buen tiempo ya.

17 de marzo de 2009

promesas de pegatina

Lunes al sol en un bordillo de Barcelona,
bajo un cielo repleto de nubes de pegatina.


A veces... no sé, a veces me pregunto de qué me sirve prometerme que voy a estar contenta (menudo principio para una carta), prometerme que voy a sonreír y que voy a escuchar cada mañana canciones que me den ganas de vivir, si luego, ya ves, luego vienen cuatro nubes y me engancho los dedos con todos esos paraguas de promesas. Me prometo que voy a deshinchar las tormentas lejos de ti pero soy incapaz de mojarme sin que te salpique alguna gota de lluvia.

Perdóname. No se me da bien coser impermeables, y menos para la voz. Te araño cuando te llamo y no sé qué hacer. Te araño sin querer, sin darme cuenta, y cuando cuelgo el teléfono lo único que tengo son ganas de llorar, como un niño pequeño al que se le ha caído la piruleta al suelo por idiota.

Qué difícil es encontrar un discurso que no suene superfluo ni demasiado profundo. Y que no esconda ninguna excusa (eso sobretodo).

No sé muy bien por qué me paro a enredarme con palabras. Si están medio vacías para decirte que te quiero, cómo no lo van a estar para pretender pedirte perdón. No por el rasguño de hoy, sino por lo de las tormentas y los chubasqueros, y por las malditas pataletas que me entran cuando me da la neura y me pongo a pensar que no voy a tener tiempo suficiente para verte.

Me enfurruño como si verte fuese lo más importante del mundo. Aunque… bueno, tal vez lo sea, al menos en mi pequeño mundo de plastilina azul. Pero si nos queremos -como dijiste tú ayer-, si nos queremos para qué darle tanta importancia a todo lo demás.

Intentaré hacerlo mejor. Quererte, digo. Lo intentaré, como ya lo estoy intentando ahora sentada en este bordillo (aunque haya días en que parezca que sólo me esfuerce en hacerlo mal, y lo siento, muchísimo).

Es lunes y te quiero. Y no paro de soplar hacia el cielo para despegar este montón de pegatinas descoloridas.

12 de marzo de 2009

viajes


Ayer decidí dejar aparcadas las clases de piano durante un tiempo y se me hizo un nudo muy grande en la garganta, creo que eran las lágrimas que no me cabían en los ojos (los tienes demasiado hipnotizados con tu risa). Tengo la sensación de que es empezar a dejarlo, aunque ya lo esté dejando desde hace meses. Cuestión de horarios, de esfuerzos y de ánimos. Qué rabia, porque hay días que me entra un mono enorme de tocar. Menos mal que el piano siempre estará ahí, al fondo del pasillo.

Tranquiliza tener la certeza de que hay ciertas cosas con raíces, que no se irán por muy fuerte que sea el temporal. Tengo la extraña seguridad de que tú eres un poco piano y también estás aquí con un impermeable supersónico para las tormentas. Esto no sé si es bueno o malo, ni si me he explicado demasiado bien.

Me he dado cuenta de que últimamente no releo nada de lo que escribo. Y de que escribo bastante al azar. Estos días me siento un poco pez, de esos naranjas pequeñitos, como los que hay en el estanque del patio de la facultad, debajo de los naranjos.

Acabo de encontrar tres postales de París debajo del montón de papeles que tengo al lado del ordenador. Tengo muchas postales de lugares a los que no he ido. Nunca he estado en París, ni en Grecia, ni en San Sebastián. Y me encantaría. Tengo unas ganas inmensas de coger un avión y plantarme en cualquiera de esas ciudades contigo y una polaroid. En avión, en coche o en tren, a donde sea, pero tú que no faltes.

Y no puedo parar de sonreír.