28 de febrero de 2009

daiquiris

Acaban de decir en la radio que ha muerto Rubianes hace unas horas. Una vez, con mis padres, nos lo encontramos en Sitges, en el mismo bar donde años más tarde acabaríamos compartiendo un daiquiri de fresas Abril y yo.
Qué casualidad, ¿te acuerdas de aquella noche? Quién nos iba a decir que habría mil más como esa, y que en todas ellas, el abismo que se abría entre tu boca a la mía acabaría por reducirse a tan corta distancia, escasos centímetros magnetizándonos la piel.
Por aquel entonces era impensable, inimaginable, que el hombre del gas pudiese pillarnos haciendo el amor. Y míranos ahora. Sólo era cuestión de aislar los latidos, bum-bum, bum-bum, bum-bum, de abstraerlos del hielo de la razón.

24 de febrero de 2009

gatos

Hoy me he levantado muy temprano para ir al ambulatorio a hacerme un análisis. Me han sacado dos tubitos de sangre y he resistido como una valiente sin marearme (en la cola me temblaban las piernas, pero eso es un secreto entre tú y yo). Luego mi madre me ha invitado a desayunar en la tienda del chocolate y he cogido el tren de las nueve para ir a clase.

La profe de gramática es muy guapa y se peina como mi hermana. Bueno, más bien no se peina. Habla todo el rato de las categorías de los nombres y se hace unos líos tremendos. Yo también me los haría, creo que tengo la misma capacidad para dispersarme que un puñado de arena. He perdido tres T-10 en tres días consecutivos, miro sin mirar nada y me pierdo en mis palabras cada vez que intento llevarme alguna idea a la boca.

Esta tarde he vuelto a comprarme un par de discos por la portada y el nombre de las canciones. En uno de ellos salía un tipo con una guitarra a cuestas en un rompeolas. Me he acordado del domingo, después de comer, cuando Abril me llevó al espigón y nos estuvimos un rato sentadas en una roca mirando el vaivén de las olas. A un lado se despedazaba el mar contra las piedras y al otro, sin embargo, parecía una balsa de aceite. Dice que es como un espejo de nosotras, ella es calma y yo un puñado de agua que no sabe hacia adónde ir, unas veces movida, otras rabiosa, otras más débil... Quizás tinene razón, y es por eso que a veces tengo la sensación de que me hago añicos por dentro (y me tiemblan las piernas, como en la cola del ambulatorio, pero no lo digas muy alto porque sigue siendo un secreto).

Me he propuesto escuchar cada mañana en el tren una canción que me de ganas de vivir. Lo de los añicos no es grave, es sólo una sensación, y lo de las ganas de vivir tampoco es nada serio. Las tengo ahí, sólo que a veces se me adormecen un poco (no son exactamente ganas de vivir, sino más bien la energía y las sonrisas). Ya le he dicho a Abril que no se preocupe, que estoy bien. Es que hay días que soy un poco gato y necesito que me mimen. Que no se preocupe y que la quiero, eso sobretodo, no se le vaya a olvidar.

11 de febrero de 2009

vendaval



El viento sopla otra vez como si fuese a llevarse todo lo que encuentra por delante. Me da miedo imaginarme el tronco de los pinos tambaleando a ras de suelo y escuchar que se mueven tan fuerte las ramas que parecen el mar rompiéndose en mil pedazos contra las rocas. Cierro los ojos y me agarro más fuerte a ti para que no me sorprenda ninguna ráfaga en las esquinas y se me lleve a volar. Que no, que no tengo ganas de sacar las alas y buscar corrientes y sobrevolar ciudades. Ahora más que nunca quiero tocar tierra, darte la mano y sentir los pies bien firmes en el suelo. Y verte sonreír, eso sobretodo.

Sonreír como esta tarde en el coche o ayer en tu casa o el domingo en aquel bar de las paredes pintadas de mil colores. A mí por dentro me estás pintando igual. No sé qué ha sido del gris, pero cada vez que me abrazas me siento más verde. Y azul, y amarilla, y lila. La sonrisa al rojo vivo. Rojo en los labios y blanco en las manos. Porque cuando te toco me vuelvo algodón.

Esta tarde, cuando he salido de casa, veía borroso porque se me han cansado los ojos de haberlos tenido tanto rato mirando papeles que no tenía ganas de ver. En realidad, hoy no tenía ganas de nada. He ido a la habitación del piano porque tenía que estudiar, pero las teclas estaban tan heladas y tenía tan torpes las muñecas que no he llegado a sentarme ni en el taburete. Luego me he puesto a ordenar pero el frío llamaba al desorden continuo de mis ideas. Así que me he dedicado a descontar los minutos que faltaban para verte mientras tanteaba las respuestas de los tests de conducir.

Ahora estoy en la cama y siento cómo los besos que me has dado hace un rato echan raíces en mi interior. Creo que por muy fuerte que fuese el vendaval, las ramas que me estás haciendo crecer por dentro no se moverían ni un pelo. Son las tantas y tengo hojas de colores haciéndome cosquillas debajo de la piel. Y el frío, porque como puedes comprobar, esto es un perfecto desorden de palabras y pinturas y sonrisas. (Qué fácil es echarle la culpa al tiempo).

9 de febrero de 2009

boca a boca

- ¿Qué te pasa?

- Nada.

- No me mientas, mírate. Estás llorando.

- No, no lloro.

- Sí, tienes los ojos tristes y estás llorando.

- No. Tengo las mejillas secas, ¿no lo ves?

- ¿Y acaso hacen falta lágrimas para llorar?


He ido al aquarium con Abril y ha sido como pasarnos la tarde debajo del mar. A ella le ha dado un poco de miedo el túnel de los tiburones, y a mí, sin embargo, me tranquiliza un montón ver los peces nadar a mi alrededor. Qué curioso, luego soy yo la que siempre se ahoga y ella la que me acaba sacando a flote. Hoy, por ejemplo, ha tenido que hacerme el boca a boca otra vez para arrancarme de la garganta alguna que otra tristeza mal masticada y un par de sonrisas atascadas entre las costillas. A veces creo que debería limpiarme las ideas con un poco de aguarrás.

7 de febrero de 2009

viento


Tenía un texto escrito desde anoche y se me acaba de borrar. Lo escribí a las tantas, cuando llegué a casa después de trabajar. No salí muy tarde para ser sábado, pero me entretuve hablando con mi madre en la cocina, suele esperarse a que llegue para meterse en la cama porque dice que si no, no puede dormir tranquila.

Hablaba de que estoy tan sumamente bien contigo que a veces me cuesta creer que pueda ser verdad. Tengo que parpadear un par o tres de veces seguidas y mirar a mi alrededor para asegurarme de que es real, de que estoy despierta. O acercarme a ti y besarte lento en la boca, o abrazarte fuerte, muy fuerte, para cerciorarme de que existes y vives en el mismo mundo que yo.

Decía también que lo que parece mentira, en realidad, es que esté tan bien y me entren estos disgustos repentinos, estos ataques de tristeza fugaz. Ayer me volvió a pasar en el restaurante, por culpa del gilipollas de mi jefe. De repente me entraron unas ganas enormes de llorar y no sabía dónde esconderme las lágrimas.

Últimamente tengo la sensación de que mis lagrimales están al límite de su capacidad y a la mínima rebosan. Supongo que viene de la época en que me dio por tragarme los sollozos.

No sé quién le ha apretado las tuercas al invierno pero vuelve a soplar el viento a mil por hora. Igual es una señal y lo que debería hacer es sacar todo lo que me pesa y tenderlo en la ventana, a ver si así el aire se lo lleva lejos, bien lejos de mí.

5 de febrero de 2009

Chopin


Parece que el vendaval del sábado pasado se llevó todas mis palabras.

Esta mañana me he mordido los labios muy fuerte para no llorar en clase de piano. Me encallo siempre en los mismos compases porque no me llegan los dedos para tocar algunos acordes. Y digo que lloro porque tengo las manos pequeñas, cuando en realidad es por haber perdido la fuerza de voluntad. No sé cuándo ni cómo ni dónde, pero se esfumó y no la encuentro, en ninguna parte. Por eso me cuesta tanto estudiar y aguantar más de dos días sin verte.

Qué tristes son los nocturnos de Chopin. Casi tanto como aquella canción de Damien Rice que escuchamos el otro día en tu casa.

Vuelvo a estar exageradamente dispersa. Y vuelven a marearme los cafés. Esta tarde hemos ido a comprar una libreta nueva a esa papelería tan grande que hay en la calle Comtal. Dices que es parte de mi regalo de cumpleaños y me tienes intrigadísima. Qué ganas de que llegue ya. Luego hemos merendado en una cafetería que hemos descubierto en el Born. Sobre la barra había una pecera redonda con dos peces de esos naranjas y una tarta enorme de chocolate. Es muy de mi estilo, según has dicho. A mí me ha recordado un poco a Caperucita en Manhattan. A veces me siento muy Sara Allen perdida entre los árboles de Central Park.

Podría pasarme la vida perdiéndome por los callejones de la ciudad. Y queriéndote. Podría gastar todo mi tiempo únicamente en quererte.

4 de febrero de 2009

invierno

El almendro del jardín ha empezado a florecer. Mi abuela se duerme en el sofá de orejas mientras el hombre del tiempo sigue anunciando borrascas y lluvia. Han dicho en las noticias que está nevando en medio país. Las grandes ciudades vestidas de blanco. París y Londres bajo la nieve, los aeropuertos más importantes cerrados por temporal. Menudo invierno.
Tengo el armario lleno de bufandas y pañuelos para enredarme en el cuello. Cuando hace tanto frío no sé llevarlo desnudo, ni el cuello ni las muñecas ni los tobillos.
He estado con Abril hace un rato y aún me flojean las rodillas. Se me escapan las fuerzas cuando la miro, me absorbe. Si es que a veces le pediría al mundo que se parase cuando estoy con ella. Joder, es que cuando estamos juntas, se nos escapa el tiempo de una forma brutal...