6 de junio de 2009

desolado


Me pesan los pies al borde de la cama, cuelgan, como el peso muerto que se mete de repente en el bolsillo, un día, así porque sí, después de comer, o al salir de la ducha, o al bajar del tren. O esta tarde, y no hace más que arrastrarte hacia atrás, hacia la maldita baldosa mal collada de la nostalgia. De repente, también, tumbada boca arriba sobre la ropa desplegada que dejé anteanoche por toda la habitación, miro el techo y se vuelven de plomo las ganas de llorar. Por nada, nunca es nada. Sólo que a veces los gramos se convierten en toneladas y las fuerzas se resisten a ser algo más que un puñado de paja. Y todo son de repentes, porque ahora, de repente, se me vienen encima unas ganas enormes de haber ido al concierto de esta noche, y de que me abraces por detrás, pegada a mí, y me susurres al oído el dónde vas, tan solo y tan tarde que no deja de repetirse en mi cabeza desde que sonó el otro día en la radio.

1 comentario:

Jei dijo...

Y no hay nada peor que llorar por nada, porque entonces quiere decir que lloras por todo. Créeme, soy una experta llorona, aunque creo que eso ya lo sabes ^^