6 de abril de 2009

peces

Realmente, le costaba entender por qué, si acababa de entrar en casa con una sonrisa en la boca, había conseguido en menos de tres minutos que su padre se encerrase en el baño de un portazo y que su madre saliese al jardín a cortar el seto con cara de perro. No se lo explicaba muy bien, pero de repente se quedó sola en el comedor, y al mirar a su alrededor, le entró uno de esos ataques de apatía que se la comían a veces por dentro. Se quedó rabiando en el comedor unos instantes. Cogió el bolso con la intención de largarse a dar una vuelta, pero se echó para atrás justo cuando su mano ya estaba decidida a abrir la puerta. Sabía perfectamente que cuando sale de casa así, parece que a todas las calles les da por desembocar en el mar y le entran unas ganas irrefrenables de llorar. Y como hoy no tocaba llorar, porque hacía apenas un momento se tropezaba con su sonrisa, se dio la vuelta y se sentó frente al ordenador con el bolso mal colgado aún en el hombro. Miró el correo mecánicamente, sin prestarle demasiada atención, y entre tanto se acordó de la portada del libro que le regaló H la tarde anterior: salía una pecera redonda con dos pececitos de esos de agua dulce mirándose de frente, uno naranja y otro verde. Muchas veces se sentía un poco pez. Palpó la bolsa para comprobar si lo llevaba dentro, se topó primero con el monedero y con el ruido metálico de las llaves, pero enseguida notó con los dedos la tapa dura y sus cuatro esquinas. "Me voy a mi cuarto a leer tirada en la cama", se dijo, y se levantó de la silla dejando el ordenador encendido. El clec, clec, clec de las tijeras de podar resiguió sus pasos por la escalera, y ya en el último peldaño, vio la habitación del piano al fondo del pasillo. Hacía casi un mes que no tocaba nada, ni una nota. El libro o el piano, el libro o el piano..., se desplomó sobre los cuadros de su edredón porque nunca ha sabido sentarse delante del teclado cuando se enfada. Total, al final tampoco acabó leyendo. Se quedó embobada mirando los peces, pensando que si lo abría, si abría el libro, lo único que haría sería reseguir palabras con los ojos sin percatarse de nada. Así que, sacó el estuche del bolso, que ahora ya no llevaba colgando del hombro sino que estaba tirado en el suelo, y se puso a escribir en la libreta con la inercia del pensamiento. Y le salió esta maldita historia en pasado y en tercera persona, con las sonrisas subrayadas y la apatía en un borrón de tinta. Porque hoy me he levantado contenta y tenía ganas de sonreír.

4 comentarios:

dorle dijo...

Los demás también tienen derecho a sus ratos "tontos" y no siempre somos culpables de ello...; pero convivir con alguien es lo que tiene: a veces los culpabilizamos de que no nos "curen".

Bieennnnn por tus sonrisas...y por la historia que has tejido; me gusta esa "serenidad de las yayas cuando cosen" con la que escribes aun cuando por dentro estés hecha un torbellino.

:)

marta dijo...

holaa!

ves, te sigo leyendo...y cada vez me gustan más tus escritos.

gran cambio ha dado este blog..tiene un aire de valentía;)

y ya sabes..sonreír es mucho más placentero que llorar..(Dios, parezco un libro de autoayuda!)

sabes que escribir en tercera persona es sinónimo de darse más importancia??ya era hora por eso...

un besito

marta.

Saltinbanqui dijo...

Que nadie te quite la sonrisa. Si un dia tienes ganas de sonreir, sonrie y haz que sonrian, para llorar quedan dias de sobra.

Marta dijo...

Que bien que lleves la libreta en el bolso y puedas escribir estas "malditas" historias ;)