16 de noviembre de 2009

un brindis

Qué regalarte para compensar todo esto. Una estrella, un planeta, una isla... Y creo que ni así sería suficiente. Cómo explicar que a veces me miras y te abrazaría tan fuerte, tan tan fuerte que traspasaría mi piel con la tuya, tu piel con la mía –qué más da el orden si el fin es el mismo-, para fundirme en tu cuerpo, para sentir tus latidos retumbarme en los huesos, los lunares serpenteando al vuelo de tu respiración. Como Harry Potter atravesando la pared del andén nueve y tres cuartos para aparecer en el mundo de la magia, en otra realidad.

Una cometa con una cola de besos. Mi voz en forma de enredadera trepando por tu ventana, piso doce del edificio más alto de la ciudad (el vértigo en el desguace de sensaciones innecesarias). Hojas de suspiros subiendo por tus pies, por tu espalda, y un susurro en la nuca hasta llegar a tu oído, serpiente cascabel sembrando semillas de querer para que florezcan en tu boca, labios de pétalos de rosa, riégame con tu saliva que se me encoge el corazón con el árido deseo de sentirte en mi interior, adentro, mar adentro. Vitamina tu mirada, salvavidas de ilusión.

Una luna, una playa, una canción. ¿Valdría un pedazo de cielo para agradecer (quizás demostrar) que es tu voz, tu latir, tu bailar, tú, la que marca el rumbo a mi timón hacia el punto más ingrávido del universo? Allí, donde no pesa la duda, ni el tiempo, ni el prejuicio. El lugar preciso para hilvanar una vida entera de domingos en tu sofá, el verano en la nevera y el invierno en la sartén, que hoy comemos ensalada de rayos de sol y salteado de nieve. Los recuerdos esparcidos por toda la casa, noches que se asoman debajo de la almohada, amaneceres entre las sábanas, mojitos en el balcón y tormentas en la ducha.

Recetas para quererte de mil maneras en cualquier época. El mejor regalo debe de ser seguir aquí, seguir así, acunando este sueño entre los brazos. Los abrazos envueltos en papel de colores, acércate, que vamos a brindar. Un par de copas de lluvia y mírame a los ojos: por ti y por mí, por esta historia casi irreal, atemporal, que rebosa los límites de la fantasía.

3 de noviembre de 2009

Tecum

Me encanta salir de clase y comprar flores sueltas en la floristería de la esquina de Diputació con Aribau. Esperarte al lado del tenderete de periódicos y saber que la palabra quiosco procede de la lengua persa, pasando por el turco kosc y el francés kiosque. Subir a tu coche y perseguir la luna por la autopista. Recorrer el paseo marítimo de punta a punta y parar a por un café en el bar Tiburón, uno de esos lugares tan peculiares y que tanto nos gustan, sacados de cualquier película de años ha. Que me sirvan un cortado en un vaso de cristal redondito y chiquitín, y que huela a mar el aire que entra por la puerta de madera abierta. No huelo nada estos días por la maldita alergia, pero conozco perfectamente el olor a esta hora de la brisa de invierno a escasos metros de la playa. Me encanta, llegar a casa después de cenar con tus besos aún colgados en mis labios, dibujar mentalmente esta imagen tal cual se le antoja a mi fantasía (una boca de algodón, unas perchas, unos besos en forma de burbuja y unos labios-tendedero de color rojo cereza), y meterme en la cama tarareando esta canción:

27 de octubre de 2009

Groenlandia

Hoy es uno de esos días en que tiemblo más por vicio que por frío, porque no hace frío, en realidad, pero a menudo se me despierta el invierno que llevo dentro y a mis pulmones les da por transformar en nieve el aire que se me cuela por la boca al respirar.

Mi piel se convierte en un caparazón de hielo y me convierto en un pequeño esquimal. Y no te abrazo. Por miedo a escarcharte, quizás, pero no te abrazo. Te miro con ojos torpes, en su lugar, mientras dejo que mis manos inertes se refugien dentro de los bolsillos del pantalón. Me tropiezo al caminar con los besos destemplados que no osan saltar de mis labios a tu boca porque son como trocitos de espejos rotos que no te quieren lastimar. Y sigo sin abrazarte porque el invierno de mi cuerpo ha decidido que hoy toca temporal.

Perdóname, por tanto frío. Por estos viajes inexplicables a Groenlandia y estas sobredosis de indolencia. Te debo un café, o un par de vinos. Pero sobre todo, un verano eterno.

21 de octubre de 2009

Con mis manos

Me ha despertado de madrugada la lluvia sobre el tejado. Caía tan fuerte que me ha servido de despertador. Me he levantado a mirar por la ventana, todavía no había amanecido. La cortina de agua era tan densa que he tenido la sensación de que traspasaría las paredes. Me he puesto las gafas y he bajado a la cocina a por un par de galletas. Luego he vuelto a meterme debajo la manta, pero he empezado a echarte de menos con la intensidad de la lluvia y casi sentía que me dolía la piel. A veces, la ausencia de tu cuerpo pegado al mío produce un efecto similar al de ese frío tan frío que llega a quemar. Es un efecto sensorial, algo parecido a lo de los efectos ópticos.
Ahora son las tres de la tarde y sigo en pijama. El cielo no para de estornudar y a ratos vuelven a exprimirse las nubes. La semana pasada volví a retomar el piano. Me senté en el taburete y pasé los dedos por encima de las teclas llenas de polvo. Soplé un poco los lomos de los libros, que después de tantos meses, seguían intactos en la pequeña repisa que sirve de atril. Los hojeé un poco y me puse a tocar. Fue un alivio sentir que volvían a salir notas de mis manos. Y es que estos últimos días ya empezaba a darlas por inútiles, pensaba que se habían vuelto torpes y que era culpa suya que hubiese dejado de escribir (es un tormento, eso de pasarse la vida buscando culpables). Pero no, qué culpa iban a tener las pobres de que mi imaginación ahuyentara las palabras.
Por suerte parece que he conseguido recuperarlas, las palabras. Al menos el otoño trajo consigo unas cuantas enredadas en la hojarasca. Mis manos tan solo pecan de inocencia, de pasarse las horas enteras inventándote caricas aun cuando no estás, de buscar día y noche recovecos entre mis huesos para agasajar hasta el más tímido y oculto de tus lunares.

15 de octubre de 2009

Piove sulla città...

La semana pasada los árboles del claustro metían sus ramas por las ventanas como si tuviesen ganas de aprender a hablar en italiano. Hoy llovía a cántaros tras los cristales cerrados mientras el frío se apoderaba de todos los rincones della città. Qué curioso, hay una chica en clase que se llama Natalia pero el profe confunde su nombre con Nostalgia.

Empieza a inquietarme mi falta de palabras. Se fueron de vacaciones a principios de verano y todavía no han decidido volver. Las palabras, digo. Creo que nunca se habían ido tan lejos y por tanto tiempo. No, no se trata de ese pánico a la hoja en blanco del que me han hablado alguna vez, es más bien un vacío. Abro la libreta y no encuentro ningún hilo del que tirar, no me sale nada de entre los dedos. Y es que no están, todas las letras, todos los verbos... deben de haber encontrado otro lugar para habitar mejor que mis manos, porque por más que las busco, no logro conseguir que regresen.

Créeme, esta vez no son las ganas, son las palabras las que no están.

3 de septiembre de 2009

parábola

Ayer volví a sentarme de espaldas en el tren. A veces tengo la sensación de que giro en dirección contraria a la Tierra, y me da por pensar que tal vez si miro el paisaje pasar al revés a través de la ventana podré entender un poquito mejor el mundo. Allá cada uno con sus parábolas mentales.

Está nublado y el viento mueve las ramas de los árboles con esa tranquilidad que precede a las tormentas. Sus silbidos se cuelan por la ventana y me hacen cosquillas en los pies. No puedo evitar sonreír porque por fin ha llegado septiembre, aunque sea una de esas sonrisas que llevo más por dentro que por fuera.

He estado viendo Anatomía de Grey y como siempre me han entrado ganas de llorar. Tranquila, que no estoy triste. Es el otoño, que siento que ya empieza a treparme por los huesos. Y aunque pueda parecer que estoy algo nostálgica (que no es nostalgia, es esa palabra que trato de inventar porque no existe), me revientan las venas de ilusión.

27 de agosto de 2009

lluvia

Como cada verano, he perdido la cuenta de los días. No sé si estamos a miércoles o a domingo pero no importa. Tu sonrisa sigue pareciéndome la más bonita del mundo y, a pesar de ello, no creo que el tiempo haya cambiado su velocidad.

Anteayer me metí en la FNAC para comprar unos cd’s y me perdí las únicas cuatro gotas de lluvia del verano. Qué rabia.

A veces tengo la sensación de que faltan palabras en el diccionario. Ahora mismo, por ejemplo, porque no estoy triste, ni nostálgica, ni apática, ni desganada, ni melancólica. Pero por más que busco letra por letra, no consigo encontrar una expresión que me valga para contarte lo que me pasa.

Es como si sintiese las cosas de una forma extraña, como si (no) estuviese en ninguna parte. Se me escapa la mente por los oídos y no sé cómo atraparla, por el ombligo, por los lagrimales; el corazón me late en la boca y no sé muy bien por dónde respirar. Se me caen trocitos de cielo encima y no puedo parar de imaginar que desaparecen los veranos y que llega un invierno eterno.

Tengo muchisimas ganas de que se desvanezca este bochornoso calor y llegue el otoño. Estos últimos días me meto en la cama deseando que a la mañana siguiente el cielo despierte lleno de nubes, nubes por todas partes. Qué más da que sea lunes o jueves, lo único que quiero es que empiece a llover.

5 de agosto de 2009

instinto

Quererla no es ninguna cualidad sobrehumana que me convierta en heroína. Y quererla tampoco me va a servir para sacarla de la amargura, para arrancarle las tristezas, la acidez y los reproches que ha ido almacenando durante tantos años contra la vida, contra el destino. Lo jodido, después de reconocer que soy mortal, es saber qué hacer, cuando me resulta tan insoportable dejar que me arrastre y hundirme con ella como mirar atrás y ver que se ahoga mientras yo echo a nadar para salir a flote. Será que nunca he llevado suficientemente arraigado el instinto de supervivencia.

27 de julio de 2009

niebla

La niebla se desprende del cielo a una velocidad de vértigo. Dentro de nada empezarán a colarse las nubes por la ventana, flotarán por la habitación y se me enredaran con las pestañas. Ojalá estuvieses aquí, en esta maraña de tiempo, en este inmenso mar verde, donde el calor se esconde entre las ramas de los árboles y el frío asoma su nariz tras el atardecer. Y no pasan las horas, sólo los segundos llueven a cámara lenta, y llueven por inercia, casi por obligación, porque si fuese por los abetos, por las margaritas, o por las mariposas de color lila que vuelan ausentes al mundo, como si no existiese apenas nada más allá de sus alas, si fuese por ellos estoy segura que la lluvia cesaría y el tiempo permanecería inmóvil. Intacto. Ojalá, digo, estuvieses conmigo en esta burbuja, en este pequeño paraíso donde sólo faltan los besos, los tuyos, tú y tus manos y tu piel para calmar las ganas que me pesan ya en la espalda, para acallar el ruido, tanto y tanto ruido que le grita a tu sombra cuando no estás.

10 de julio de 2009

Ondina


Existen los días malos. Existen, porque es inevitable que haya algo que no encaje, por diminuto que sea, en el más perfecto y bello de los rompecabezas. Un día malo en la etapa más feliz que creas haber vivido, la pieza que baila, aquella sombra –ligera, ligerísima sombra- que se filtra a través del lienzo del óleo más luminoso que puedas imaginar. Un borrón, un gurruño, una mancha. Y es esa maldita mancha lo que hace que se nublen días como hoy (hoy, que coincide curiosamente con el día más gris de todo el verano), y parece hasta mentira, una estúpida broma del hombre del tiempo, que se ponga a llover, a diluviar a pleno julio mientras meto en la maleta los pantalones más cortos que tengo y la crema del sol –ojalá se pudiese meter en un bote el sol, rayos a cuentagotas, qué fantasía, y untar el cielo para absorber tormentas así, untarte la cara, los labios, el cuerpo entero lleno de sol antes de que estalle entre las dos este silencio en truenos, ¡brrum!, sol para evitar las cataratas por dentro, tráquea abajo, los pulmones empapados, las piernas, los tobillos, los pies, ojalá-, de protección cincuenta para pieles blanquísimas (como la tuya y la mía), y me digo a regañadientes que no, que hoy no me voy a mojar, no voy a dejar que se me agujeree el paraguas habiendo despertado hace un rato en tu cama. Cierro los ojos y aprieto los dientes para despertar otra vez en tus abrazos, como hace apenas unas horas, tus abrazos impermeables, tienen que ser impermeables tus abrazos (mi vestido) para esta mañana de lluvia, menudo chaparrón, ¿sabes qué te digo?, que me vuelvo al bar, no me voy a mojar (tal vez mañana, pero no hoy). Me vuelvo a la misma mesa donde hemos desayunado –hace unas horas, ¿lo he dicho ya?- los bostezos más dulces mojados en el café, el bar Salvador y su café para despertar a cualquiera, aquí seguro que no llueve y total, la maleta la puedo ir haciendo mientras te espero en esta misma silla, al lado de la máquina de tabaco, porque tú te has ido a trabajar y yo a casa a hacer la maleta, pero en realidad sigo en el bar, esperando a que vuelvas del reparto para apaciguar la borrasca que se me ha formado en el estómago, joder con el borrón, vendrás a las dos y me plantarás un beso en la boca, ¿verdad?, corre, corre que se me asoman ya los relámpagos en la garganta y dónde están tus besos-paraguas, tus manos-chubasquero, tus miradas de algodón. Un chasquido, zas, para que vuelvas a buscarme, tú untada de sol cayendo del cielo con el paraguas de Mary Poppins, vienes a mí, aterrizas en el borde de la chimenea (mis labios amoratados) y te deslizas hacia el interior como una pluma, una mota de polvo serpenteando en mis entrañas, te cuelas hasta el fondo, hasta el último de mis recodos para lamer todas las goteras (lengua-fontanera), las manchas de humedad, las tuberías mal colladas, y hasta parece que me haces cosquillas, ríe Sofía, échate a reír parece que me dices, qué facilidad para escurrir granos de arena, ven aquí, anda, si es que eres capaz de exprimir tormentas de un diminuto granito de arena. Tu voz-biodramina y la lluvia que se calma, montones y montones de ropa sobre la cama, camisetas de verano y el volante de aquel vestido negro tras el cual se me antoja el abismo, las raíces del diluvio, el origen de este tumultuoso día, un hilo que se escapa de las costuras del dobladillo para trazar el interrogante que se deshace en gusano ahorcándome las venas… ¿y si es verdad, si es verdad que desde que te quiero la soledad se refugia a dos pasos de ti?

5 de julio de 2009

el primer día del resto de tu vida

Mi madre ha vuelto de Roma enamorada de la guardia suiza. Mi padre le insinúa si tiene algún amante y ella se echa a reír. Creo que nunca habían vuelto de un viaje saliendo juntos en tantas fotos. Les he recomendado la peli que vimos el viernes en el cine. Salimos las dos llorando a pesar de habernos reído un montón. Nos abrazamos fuertísimo y nos metimos a cenar en el japonés que hay al lado de las taquillas. Me he dado cuenta de que cada vez soy más adicta a los fideos asiáticos y a los fines de semana en tu balcón. Y a besarte, sobretodo. A besarte como si cada instante, cada segundo, fuese el primero del resto de nuestras vidas.

2 de julio de 2009

tirando del hilo


Mi abuela bate los huevos en platos planos y tiene una nevera de 42 años. Empezaría un libro con esta frase. O con la que dijiste anoche mientras cenábamos en la terraza del restaurante que descubrimos por casualidad. La chica de los ojos de gato tenía un grado de dispersión tan alto que se mareaba al intentar seguir el hilo de su propia conversación.

Tengo tantas cosas por escribir que se me emboza el filtro de las ideas. Y es que es tan efímero todo lo que me pasa por la cabeza que no me da tiempo ni de cazarlo al vuelo. Cientos de burbujas inertes en el aire que se desintegran con un simple suspiro, en el breve instante de parpadear. Un segundo y ¡zas!, de repente sólo queda el poso de la divagación taponando la tubería de las palabras.

La semana pasada estuve mirando viajes para escaparme con Abril. Praga, Berlín, Cerdeña, París, Bilbao, Cádiz o aquel pueblo tan chiquitín del Valle de Arán. Se me antoja Copenhague porque me gusta cómo suena. Copenhague... Últimamente tengo la sensación de que los lugares más bonitos del mundo nos llaman a gritos, los fotógrafos de postales a la expectativa de nuestra llegada. ¿Te imaginas? Al final compramos un par de billetes para Maó, y no paro de contar las horas que faltan para cerrar la maleta.

14 de junio de 2009

je t'aime

He limpiado el zócalo de la escalera y no paro de estornudar. Le he sacado el polvo al piano mientras una ardilla me miraba desde el tronco de uno de los pinos del jardín. Me miraba muy atenta, con los ojos muy abiertos. Quizás esperaba que me sentase a tocar, pero tenía tanto calor que he salido a tirarme de cabeza al agua. Me he tumbado en el bordillo de la piscina y llevo media hora mirando el cielo. El planetario de tu mirada. Me quedo en babia y sonrío estúpidamente porque el tequila de anoche nos sentó tan mal que me dejaste darle una calada a tu cigarro y aspiré con tanta fuerza que todavía tengo tu risa bailando en los pulmones (la nicotina la eché cantando a gritos por la ventana). Esta tarde me has vuelto a ganar al trivial en tu terraza. Llega el verano y todo sabe a terraza y a jardín. El desayuno, los libros, la comida –tu boca-, el café, los mojitos, la siesta –tu piel-… Desde que sonrío tanto, tengo la sensación de que los inviernos de mi vida están empezando a pasar de moda. Creo que mi ilusión ha alquilado su iglú de escarcha y se ha largado a anidar a la sombra de las margaritas del mes de abril.

10 de junio de 2009

metamorfosis


Alargo los brazos. Los ojos cerrados, las manos abiertas. Palpo los huecos del espacio con movimientos torpes, la respiración acelerada, los latidos inseguros. Me estiro un poco más, esperando que el frío de las paredes de nácar se adhiera a mi piel, pero no siento nada. Tanteo el vacío, que se me antoja infinito ante la ausencia de diques, al no oír siquiera el eco del desasosiego. De repente, leves rasguños se me abren en los dedos, vidrios diminutos clavándose entre las uñas y el ruido de cristales rotos bajo mis pies. No, no puede ser, ha estallado la burbuja de las ficciones, el salvavidas al que me agarraba para sacudir la pereza de vivir… ¿Y ahora qué? Me tropiezo con las ruinas de la mentira. Sigo palpando a ciegas, vacilando cada gesto, cada paso, mientras el tiempo rebota dentro de mi cabeza a ritmo de cuentagotas: tic - tac, tic - tac, y mi corazón que sigue lanzando pulsaciones al aire en forma de bengala. El frío que ahora se me agarra a la piel no tiene nada que ver con el tacto del nácar. Siento que me ahogo, me ahogo, me ahogo… Hasta que de pronto una bocanada de oxígeno me hincha el pecho oprimido por tus brazos. Tu boca en la mía y las rayas de las sábanas enredadas con tus pestañas. Los cristales son tus pecas y de mis dedos se despojan los hilos de tu voz. Y es que, al abrir los ojos, la pereza de vivir se desintegra entre las grietas de la ficción. Ficción ya no son tus besos, ni aquel cometa. Es real, en este instante. Alargo los brazos y palpo tu cara, el sueño, la ilusión metamorfoseada en ti.

6 de junio de 2009

desolado


Me pesan los pies al borde de la cama, cuelgan, como el peso muerto que se mete de repente en el bolsillo, un día, así porque sí, después de comer, o al salir de la ducha, o al bajar del tren. O esta tarde, y no hace más que arrastrarte hacia atrás, hacia la maldita baldosa mal collada de la nostalgia. De repente, también, tumbada boca arriba sobre la ropa desplegada que dejé anteanoche por toda la habitación, miro el techo y se vuelven de plomo las ganas de llorar. Por nada, nunca es nada. Sólo que a veces los gramos se convierten en toneladas y las fuerzas se resisten a ser algo más que un puñado de paja. Y todo son de repentes, porque ahora, de repente, se me vienen encima unas ganas enormes de haber ido al concierto de esta noche, y de que me abraces por detrás, pegada a mí, y me susurres al oído el dónde vas, tan solo y tan tarde que no deja de repetirse en mi cabeza desde que sonó el otro día en la radio.

5 de junio de 2009

cerezas



Hace un año, por estas fechas, conocí a Marta en la biblioteca, comiendo cerezas. Recuerdo que ese día estaba más enamorada de las nubes que nunca, y se lo dije. También recuerdo que me dio la sensación de que debió de pensar que era tonta, por mi estúpida manía de comer un número impar de cerezas y no parar de mirar el cielo. Pero al cabo de tres días nos quedamos sin aliento besándonos en algún punto impropio del universo.

14 de mayo de 2009

salitre (o el lugar más bonito del mundo)


Vuelve la época en que todas las costuras de la ropa se me llenan de arena. Un café a ras de orilla mientras los silbidos del viento trenzan tu pelo. Las olas de color plomo se comen los veleros, y a lo lejos, mar adentro, se ahogan los fantasmas que habitaban bajo mi almohada. Un par de gaviotas nos sobrevuelan la cabeza y llueve tan flojito que tan siquiera se nota.

¿No te recuerda este momento al final de aquel libro que me dejaste apenas conocernos? Los lugares y las canciones más bonitas del mundo te llaman a gritos. A ti, Abril, porque ahora sí que son bonitos, bonitos de verdad.

Me sacudo los zapatos en las rocas de esta playa diminuta y te miro mirar el mar con los ojos a la deriva. Te has quedado atrás y el tiempo se ha parado a tu lado. Es como una instantánea de esas antiguas, una escena de las que salen en las películas y que te hacen llorar sin saber por qué. Porque no es tristeza, es… esa especie de nostalgia de los abrazos de despedida, de canción de invierno, de domingo sin ti.

Te miro y parpadeo. Y miro al cielo, y me echo a correr. Y siento –por fin- que mi vida es mía, ya no es ajena. Me paro frente a ti y te muerdo (tan flojito como la lluvia al cielo) los restos de salitre que se te han quedado enganchados a los labios. Sabes a café y te beso como si el mundo girase en vano, como si fuésemos las dos desconocidas de aquel cuadro que siempre soñé que rompería con el blanco de mi comedor.

8 de mayo de 2009

mojitos

La profesora de la camiseta de Los Ramones nos preguntó el otro día en clase si nos habíamos fijado en que la gente mayor utiliza muchos más diminutivos que los jóvenes. Es como si las palabras se fuesen haciendo pequeñas a medida que vamos perdiendo la cuenta de los años, nos dijo. Y yo debo de haber crecido muchísimo desde que conocí a Abril, porque desde entonces uso un montón. Es curioso, antes las cosas eran pequeñas y ahora son pequeñitas. 

Hace un año, cuando las cosas aún eran simplemente pequeñas, coleccionaba atardeceres con los apuntes de física en la playa. Me iba a estudiar por las tardes delante del mar, y cuando me cansaba de intentar resolver problemas de tensores y termodinámica, me dedicaba a perseguir las nubes y los resquicios de sol con la cámara de fotos. Este año leo artículos sobre la temporalidad verbal mientras me imagino sentada en la mesa de madera de su terraza. En su pequeñita y encantadora terraza picando hielo para los mojitos de después de cenar. 

Los apuntes escurriéndose entre la barandilla del balcón, perdiéndose en el cielo como el globo rojo que se le ha escapado al niño aquel que se ve tan chiquitito desde aquí arriba. Salmón al horno y ensalada de muchos colores. De postre hacemos el amor con Shivaree de fondo. Qué insípidos me parecen ahora todos aquellos atardeceres... Quizás sea verdad que me hecho muy mayor, pero ojalá que las cosas nunca dejen de ser tan pequeñitas como ahora. 

7 de mayo de 2009

si silbas, te vengo a buscar...

Hoy me he despertado una hora antes de lo normal pensando que llegaba tarde y no me he dado cuenta hasta que he bajado a desayunar. Estamos a mayo y hace un calor de julio. Qué ganas tenía ya de sol a todas horas, de atardeceres en la cocina haciendo la cena. Tengo un día de esos en los que no puedo escuchar una sola canción entera. Estoy tan dispersa que se me han comido las callejuelas de la ciudad. Me he parado un momento frente al escaparate de las hamacas de la calle Ample y de repente he aparecido en otro lugar. Estoy segura de que era otro lugar. He caminado un rato sin saber muy bien dónde estaba, pero al girar una esquina he vuelto a Barcelona con la misma facilidad asombrosa con la que caminan los gatos por la pared.

Mi móvil está debajo de los raíles de la vía ocho de la estación de Sants y mi madre me ha dado un silbato esta mañana al salir de casa por si me pasa algo. Dice que es una pena que ya no sea una niña, porque si no me habría dicho que si silbaba con todas mis fuerzas me vendría a buscar, y me lo habría creído. Yo le he dicho que me lo podía decir igual, al fin y al cabo, hace unos meses yo también le regalé uno a Abril para que lo utilizara cuando tuviese ganas de abrazarme. Creo que creer no tiene nada que ver con la edad. ¿He dicho unos meses? Cómo pasa el tiempo... (y nos seguimos queriendo igual).

26 de abril de 2009

domingos



Quién me iba a decir que llegarían a importarme los partidos del Barça. Y que llegaría a arrepentirme tanto de no darme la vuelta en la estación, un domingo, después de despedirme a regañadientes de ti. Esta noche ha vuelto el invierno y se me ha hecho un nudo enorme en el estómago cuando me he dado cuenta de que si te vas ahora se me hielan los latidos. Estalactitas en las venas, qué dolor. Es el miedo, y no tú, el que me ha hecho llorar. Tranquila, un mal domingo. Nada más.

17 de abril de 2009

agua


Al entrar en la librería se quedó afuera un sol de primavera radiante, y al salir, apenas cinco minutos más tarde, una nube inmensa se expandía sobre la ciudad. Negra, muy negra. Algún dios debía tener muy mal día porque los gruñidos del cielo hacían temblar hasta las paredes de la catedral. Menos mal que llevaba en el bolsillo de la chaqueta un frasco de esas nubes rosas para días grises. De repente empezó a caer un granizo del tamaño de una canica y la calle se quedó vacía. Qué facilidad tienen algunos para desaparecer.

Fue raro, al instante volvió a salir el sol. Hielo a medio cuajar en los parabrisas de los coches, en los bancos, en los alcorques, en pleno abril. Y yo que inconscientemente fui a coger un puñadito para metérmelo en el bolsillo, como si no supiese que en menos de nada se convertiría en agua escolándose entre mis dedos. A veces tengo la sensación de que hay cosas que se me borran de la cabeza porque no las quiero saber, como cuando miro muchas veces la misma película esperando que alguien le dé la vuelta el final.

Una vez, de pequeña, fui de vacaciones con mis padres al Pirineo y al volver quise llevarle de recuerdo a mi abuela un cubo lleno de nieve. Me dijeron que era absurdo porque se iba a deshacer, pero yo no me lo quise creer. De hecho, no me lo he creído aún, a pesar de que al llegar a casa sólo encontré un montón de agua esparcida por el maletero.

¿Has visto que dentro de esa gota de lluvia se refleja el bosque al revés? Debe de ser ahí donde viven las hadas...

15 de abril de 2009

limón


Crece la hierba regada por el sol de media tarde mientras suena Jason Mraz al volumen exacto y se cuela la densidad de luz perfecta a través de mis gafas de sol. Es imposible no pensar en ti, y no sonreír al hacerlo. Cierro los ojos y me invade la extraña sensación de que el mundo gira a la velocidad ideal y de que todo se mueve con una fluidez armónica especial. No sé si me explico... Sí, la primavera y el amor... pero son pequeñas estas dos palabras como para pretender que abarquen la inmensidad de tu sonrisa entre sus sílabas. Creo que nunca había tenido los latidos tan estabilizados como cuando pienso en ti. Es... sentir a cada momento que las nubes se enredan en el pelo, que las estrellas están al alcance de las manos. Porque al fin y al cabo una estrella puede ser cualquier cosa, desde un trozo de papel hasta el reflejo de tus pupilas, que la clave está ahí, siempre ahí, en los ojos del que lo mira. Y los míos están llenos de ilusión. ¿Quién te dice que el cielo no puede ser amarillo? Basta con despertar en tu cama, bajo tus sábanas de color limón.

6 de abril de 2009

peces

Realmente, le costaba entender por qué, si acababa de entrar en casa con una sonrisa en la boca, había conseguido en menos de tres minutos que su padre se encerrase en el baño de un portazo y que su madre saliese al jardín a cortar el seto con cara de perro. No se lo explicaba muy bien, pero de repente se quedó sola en el comedor, y al mirar a su alrededor, le entró uno de esos ataques de apatía que se la comían a veces por dentro. Se quedó rabiando en el comedor unos instantes. Cogió el bolso con la intención de largarse a dar una vuelta, pero se echó para atrás justo cuando su mano ya estaba decidida a abrir la puerta. Sabía perfectamente que cuando sale de casa así, parece que a todas las calles les da por desembocar en el mar y le entran unas ganas irrefrenables de llorar. Y como hoy no tocaba llorar, porque hacía apenas un momento se tropezaba con su sonrisa, se dio la vuelta y se sentó frente al ordenador con el bolso mal colgado aún en el hombro. Miró el correo mecánicamente, sin prestarle demasiada atención, y entre tanto se acordó de la portada del libro que le regaló H la tarde anterior: salía una pecera redonda con dos pececitos de esos de agua dulce mirándose de frente, uno naranja y otro verde. Muchas veces se sentía un poco pez. Palpó la bolsa para comprobar si lo llevaba dentro, se topó primero con el monedero y con el ruido metálico de las llaves, pero enseguida notó con los dedos la tapa dura y sus cuatro esquinas. "Me voy a mi cuarto a leer tirada en la cama", se dijo, y se levantó de la silla dejando el ordenador encendido. El clec, clec, clec de las tijeras de podar resiguió sus pasos por la escalera, y ya en el último peldaño, vio la habitación del piano al fondo del pasillo. Hacía casi un mes que no tocaba nada, ni una nota. El libro o el piano, el libro o el piano..., se desplomó sobre los cuadros de su edredón porque nunca ha sabido sentarse delante del teclado cuando se enfada. Total, al final tampoco acabó leyendo. Se quedó embobada mirando los peces, pensando que si lo abría, si abría el libro, lo único que haría sería reseguir palabras con los ojos sin percatarse de nada. Así que, sacó el estuche del bolso, que ahora ya no llevaba colgando del hombro sino que estaba tirado en el suelo, y se puso a escribir en la libreta con la inercia del pensamiento. Y le salió esta maldita historia en pasado y en tercera persona, con las sonrisas subrayadas y la apatía en un borrón de tinta. Porque hoy me he levantado contenta y tenía ganas de sonreír.

31 de marzo de 2009

geografía


Y todo lo grande que puedo sentirme a veces se reduce a nada con sólo parpadear. Puntos de vista, sí, pero es que aún me cuesta creer que se pueda cambiar de punto con un simple pestañeo. Por más que lo intento, no consigo acostumbrarme a mis cambios de ánimo repentinos. Y tan repentinos. La metamorfosis tiene que darse a velocidades descomunales para transformar un elefante en la pulga que le hace cosquillas en su propia oreja en menos de tres milésimas de segundo.

Intento acoplarme a mí, ¿sabes? Adaptarme a mi forma de ser y cambiar, ni que sea a pequeña escala, los acantilados más abruptos de mi carácter. Para tener menos neuras y gustarme un poco más, pero sobretodo por lo de las resignaciones. Nunca se me ha dado demasiado bien resignarme con lo ajeno, pero soy nula para hacerlo conmigo misma. Un grado de exigencia excesivo, tal vez. Ya, ya me han dicho en alguna otra ocasión que quizás sería más fácil disminuir la altura de los listones en vez de enredarme en tan complejas tareas de geógrafo, pero tampoco pretendo cartografiarme a la carta… No es eso. Trato de acoplarme, sencillamente.

Cuestión de supervivencia, según se mire. No me gustaría morir ahorcada por las líneas topográficas de mi mapa particular. ¿Sabes a qué me refiero?

19 de marzo de 2009

el mismo mar de todos los veranos


Seguramente fui a escoger el peor de los bares de toda la calle, aunque antes de entrar los hubiese tanteado todos. Un zumo de naranja natural servido en copa de cava. El capricho de cruasán lo guardé en el monedero justo en el momento en que desdoblaba el billete de cinco para pagarle a la chica del delantal y la gorra verde. El peor, seguro. Cómo odio que te atiendan sin mirarte un solo segundo a la cara. Me senté lejos del mostrador, de cara a la puerta. Y saqué mi libro de la carpeta después de darle un sorbo al zumo. Uno nuevo. De los quince libros que tengo en el primer estante, ocho están sin acabar, pero ayer volví a caer en la tentación de comprarme otro más. El mismo mar de todos los veranos.

Los títulos me inspiran. Me pondría a escribir mil historias cada vez que entro en una librería. Esta mañana me ha vuelto a pasar en La Central. Se me alborotan las ideas y empiezo a centrifugar palabras inconscientemente, a mil por hora. Hasta se me cansa la mano de escribir de mentira, porque no escribo, no. Llevo tres días vagando por Barcelona, tomándome cafés en bares recónditos que no paro de descubrir -tengo una extraña debilidad por las calles estrechísimas -, cafés a todas horas y no he sido capaz de abrir la libreta más que un par de veces, sin pasar de la misma página en blanco.

Cómo no me va a doler la cabeza si lo dejo todo encerrado ahí, si todas las letras que intentan salirme por las manos se quedan atrancadas entre los dedos y el papel. Debería subir a la terraza a tender alguna lavadora de pensamientos, lo tengo pendiente desde hace días, pero últimamente sólo me apetece subir a la azotea para respirar el humo de tabaco de manzana que desprendías el otro día haciendo círculos con la boca. Trepar por la vieja escalera de peldaños descompensados y tumbarme en la hamaca de rayas de colores a mirar las luces dormidas de la enorme ciudad. Se me antoja un silencio impropio, el ruido callado de las calles a punto de amanecer. Se enrojece el cielo mientras te respiro en este tejado. Me fumo tus sonrisas, aunque no sepa fumar. Tus sonrisas, y tu voz, tus besos, tu piel. Mucho mejor que cualquier otra droga. Qué ganas de que llegue el buen tiempo ya.

17 de marzo de 2009

promesas de pegatina

Lunes al sol en un bordillo de Barcelona,
bajo un cielo repleto de nubes de pegatina.


A veces... no sé, a veces me pregunto de qué me sirve prometerme que voy a estar contenta (menudo principio para una carta), prometerme que voy a sonreír y que voy a escuchar cada mañana canciones que me den ganas de vivir, si luego, ya ves, luego vienen cuatro nubes y me engancho los dedos con todos esos paraguas de promesas. Me prometo que voy a deshinchar las tormentas lejos de ti pero soy incapaz de mojarme sin que te salpique alguna gota de lluvia.

Perdóname. No se me da bien coser impermeables, y menos para la voz. Te araño cuando te llamo y no sé qué hacer. Te araño sin querer, sin darme cuenta, y cuando cuelgo el teléfono lo único que tengo son ganas de llorar, como un niño pequeño al que se le ha caído la piruleta al suelo por idiota.

Qué difícil es encontrar un discurso que no suene superfluo ni demasiado profundo. Y que no esconda ninguna excusa (eso sobretodo).

No sé muy bien por qué me paro a enredarme con palabras. Si están medio vacías para decirte que te quiero, cómo no lo van a estar para pretender pedirte perdón. No por el rasguño de hoy, sino por lo de las tormentas y los chubasqueros, y por las malditas pataletas que me entran cuando me da la neura y me pongo a pensar que no voy a tener tiempo suficiente para verte.

Me enfurruño como si verte fuese lo más importante del mundo. Aunque… bueno, tal vez lo sea, al menos en mi pequeño mundo de plastilina azul. Pero si nos queremos -como dijiste tú ayer-, si nos queremos para qué darle tanta importancia a todo lo demás.

Intentaré hacerlo mejor. Quererte, digo. Lo intentaré, como ya lo estoy intentando ahora sentada en este bordillo (aunque haya días en que parezca que sólo me esfuerce en hacerlo mal, y lo siento, muchísimo).

Es lunes y te quiero. Y no paro de soplar hacia el cielo para despegar este montón de pegatinas descoloridas.

12 de marzo de 2009

viajes


Ayer decidí dejar aparcadas las clases de piano durante un tiempo y se me hizo un nudo muy grande en la garganta, creo que eran las lágrimas que no me cabían en los ojos (los tienes demasiado hipnotizados con tu risa). Tengo la sensación de que es empezar a dejarlo, aunque ya lo esté dejando desde hace meses. Cuestión de horarios, de esfuerzos y de ánimos. Qué rabia, porque hay días que me entra un mono enorme de tocar. Menos mal que el piano siempre estará ahí, al fondo del pasillo.

Tranquiliza tener la certeza de que hay ciertas cosas con raíces, que no se irán por muy fuerte que sea el temporal. Tengo la extraña seguridad de que tú eres un poco piano y también estás aquí con un impermeable supersónico para las tormentas. Esto no sé si es bueno o malo, ni si me he explicado demasiado bien.

Me he dado cuenta de que últimamente no releo nada de lo que escribo. Y de que escribo bastante al azar. Estos días me siento un poco pez, de esos naranjas pequeñitos, como los que hay en el estanque del patio de la facultad, debajo de los naranjos.

Acabo de encontrar tres postales de París debajo del montón de papeles que tengo al lado del ordenador. Tengo muchas postales de lugares a los que no he ido. Nunca he estado en París, ni en Grecia, ni en San Sebastián. Y me encantaría. Tengo unas ganas inmensas de coger un avión y plantarme en cualquiera de esas ciudades contigo y una polaroid. En avión, en coche o en tren, a donde sea, pero tú que no faltes.

Y no puedo parar de sonreír.

28 de febrero de 2009

daiquiris

Acaban de decir en la radio que ha muerto Rubianes hace unas horas. Una vez, con mis padres, nos lo encontramos en Sitges, en el mismo bar donde años más tarde acabaríamos compartiendo un daiquiri de fresas Abril y yo.
Qué casualidad, ¿te acuerdas de aquella noche? Quién nos iba a decir que habría mil más como esa, y que en todas ellas, el abismo que se abría entre tu boca a la mía acabaría por reducirse a tan corta distancia, escasos centímetros magnetizándonos la piel.
Por aquel entonces era impensable, inimaginable, que el hombre del gas pudiese pillarnos haciendo el amor. Y míranos ahora. Sólo era cuestión de aislar los latidos, bum-bum, bum-bum, bum-bum, de abstraerlos del hielo de la razón.

24 de febrero de 2009

gatos

Hoy me he levantado muy temprano para ir al ambulatorio a hacerme un análisis. Me han sacado dos tubitos de sangre y he resistido como una valiente sin marearme (en la cola me temblaban las piernas, pero eso es un secreto entre tú y yo). Luego mi madre me ha invitado a desayunar en la tienda del chocolate y he cogido el tren de las nueve para ir a clase.

La profe de gramática es muy guapa y se peina como mi hermana. Bueno, más bien no se peina. Habla todo el rato de las categorías de los nombres y se hace unos líos tremendos. Yo también me los haría, creo que tengo la misma capacidad para dispersarme que un puñado de arena. He perdido tres T-10 en tres días consecutivos, miro sin mirar nada y me pierdo en mis palabras cada vez que intento llevarme alguna idea a la boca.

Esta tarde he vuelto a comprarme un par de discos por la portada y el nombre de las canciones. En uno de ellos salía un tipo con una guitarra a cuestas en un rompeolas. Me he acordado del domingo, después de comer, cuando Abril me llevó al espigón y nos estuvimos un rato sentadas en una roca mirando el vaivén de las olas. A un lado se despedazaba el mar contra las piedras y al otro, sin embargo, parecía una balsa de aceite. Dice que es como un espejo de nosotras, ella es calma y yo un puñado de agua que no sabe hacia adónde ir, unas veces movida, otras rabiosa, otras más débil... Quizás tinene razón, y es por eso que a veces tengo la sensación de que me hago añicos por dentro (y me tiemblan las piernas, como en la cola del ambulatorio, pero no lo digas muy alto porque sigue siendo un secreto).

Me he propuesto escuchar cada mañana en el tren una canción que me de ganas de vivir. Lo de los añicos no es grave, es sólo una sensación, y lo de las ganas de vivir tampoco es nada serio. Las tengo ahí, sólo que a veces se me adormecen un poco (no son exactamente ganas de vivir, sino más bien la energía y las sonrisas). Ya le he dicho a Abril que no se preocupe, que estoy bien. Es que hay días que soy un poco gato y necesito que me mimen. Que no se preocupe y que la quiero, eso sobretodo, no se le vaya a olvidar.

11 de febrero de 2009

vendaval



El viento sopla otra vez como si fuese a llevarse todo lo que encuentra por delante. Me da miedo imaginarme el tronco de los pinos tambaleando a ras de suelo y escuchar que se mueven tan fuerte las ramas que parecen el mar rompiéndose en mil pedazos contra las rocas. Cierro los ojos y me agarro más fuerte a ti para que no me sorprenda ninguna ráfaga en las esquinas y se me lleve a volar. Que no, que no tengo ganas de sacar las alas y buscar corrientes y sobrevolar ciudades. Ahora más que nunca quiero tocar tierra, darte la mano y sentir los pies bien firmes en el suelo. Y verte sonreír, eso sobretodo.

Sonreír como esta tarde en el coche o ayer en tu casa o el domingo en aquel bar de las paredes pintadas de mil colores. A mí por dentro me estás pintando igual. No sé qué ha sido del gris, pero cada vez que me abrazas me siento más verde. Y azul, y amarilla, y lila. La sonrisa al rojo vivo. Rojo en los labios y blanco en las manos. Porque cuando te toco me vuelvo algodón.

Esta tarde, cuando he salido de casa, veía borroso porque se me han cansado los ojos de haberlos tenido tanto rato mirando papeles que no tenía ganas de ver. En realidad, hoy no tenía ganas de nada. He ido a la habitación del piano porque tenía que estudiar, pero las teclas estaban tan heladas y tenía tan torpes las muñecas que no he llegado a sentarme ni en el taburete. Luego me he puesto a ordenar pero el frío llamaba al desorden continuo de mis ideas. Así que me he dedicado a descontar los minutos que faltaban para verte mientras tanteaba las respuestas de los tests de conducir.

Ahora estoy en la cama y siento cómo los besos que me has dado hace un rato echan raíces en mi interior. Creo que por muy fuerte que fuese el vendaval, las ramas que me estás haciendo crecer por dentro no se moverían ni un pelo. Son las tantas y tengo hojas de colores haciéndome cosquillas debajo de la piel. Y el frío, porque como puedes comprobar, esto es un perfecto desorden de palabras y pinturas y sonrisas. (Qué fácil es echarle la culpa al tiempo).

9 de febrero de 2009

boca a boca

- ¿Qué te pasa?

- Nada.

- No me mientas, mírate. Estás llorando.

- No, no lloro.

- Sí, tienes los ojos tristes y estás llorando.

- No. Tengo las mejillas secas, ¿no lo ves?

- ¿Y acaso hacen falta lágrimas para llorar?


He ido al aquarium con Abril y ha sido como pasarnos la tarde debajo del mar. A ella le ha dado un poco de miedo el túnel de los tiburones, y a mí, sin embargo, me tranquiliza un montón ver los peces nadar a mi alrededor. Qué curioso, luego soy yo la que siempre se ahoga y ella la que me acaba sacando a flote. Hoy, por ejemplo, ha tenido que hacerme el boca a boca otra vez para arrancarme de la garganta alguna que otra tristeza mal masticada y un par de sonrisas atascadas entre las costillas. A veces creo que debería limpiarme las ideas con un poco de aguarrás.

7 de febrero de 2009

viento


Tenía un texto escrito desde anoche y se me acaba de borrar. Lo escribí a las tantas, cuando llegué a casa después de trabajar. No salí muy tarde para ser sábado, pero me entretuve hablando con mi madre en la cocina, suele esperarse a que llegue para meterse en la cama porque dice que si no, no puede dormir tranquila.

Hablaba de que estoy tan sumamente bien contigo que a veces me cuesta creer que pueda ser verdad. Tengo que parpadear un par o tres de veces seguidas y mirar a mi alrededor para asegurarme de que es real, de que estoy despierta. O acercarme a ti y besarte lento en la boca, o abrazarte fuerte, muy fuerte, para cerciorarme de que existes y vives en el mismo mundo que yo.

Decía también que lo que parece mentira, en realidad, es que esté tan bien y me entren estos disgustos repentinos, estos ataques de tristeza fugaz. Ayer me volvió a pasar en el restaurante, por culpa del gilipollas de mi jefe. De repente me entraron unas ganas enormes de llorar y no sabía dónde esconderme las lágrimas.

Últimamente tengo la sensación de que mis lagrimales están al límite de su capacidad y a la mínima rebosan. Supongo que viene de la época en que me dio por tragarme los sollozos.

No sé quién le ha apretado las tuercas al invierno pero vuelve a soplar el viento a mil por hora. Igual es una señal y lo que debería hacer es sacar todo lo que me pesa y tenderlo en la ventana, a ver si así el aire se lo lleva lejos, bien lejos de mí.

5 de febrero de 2009

Chopin


Parece que el vendaval del sábado pasado se llevó todas mis palabras.

Esta mañana me he mordido los labios muy fuerte para no llorar en clase de piano. Me encallo siempre en los mismos compases porque no me llegan los dedos para tocar algunos acordes. Y digo que lloro porque tengo las manos pequeñas, cuando en realidad es por haber perdido la fuerza de voluntad. No sé cuándo ni cómo ni dónde, pero se esfumó y no la encuentro, en ninguna parte. Por eso me cuesta tanto estudiar y aguantar más de dos días sin verte.

Qué tristes son los nocturnos de Chopin. Casi tanto como aquella canción de Damien Rice que escuchamos el otro día en tu casa.

Vuelvo a estar exageradamente dispersa. Y vuelven a marearme los cafés. Esta tarde hemos ido a comprar una libreta nueva a esa papelería tan grande que hay en la calle Comtal. Dices que es parte de mi regalo de cumpleaños y me tienes intrigadísima. Qué ganas de que llegue ya. Luego hemos merendado en una cafetería que hemos descubierto en el Born. Sobre la barra había una pecera redonda con dos peces de esos naranjas y una tarta enorme de chocolate. Es muy de mi estilo, según has dicho. A mí me ha recordado un poco a Caperucita en Manhattan. A veces me siento muy Sara Allen perdida entre los árboles de Central Park.

Podría pasarme la vida perdiéndome por los callejones de la ciudad. Y queriéndote. Podría gastar todo mi tiempo únicamente en quererte.

4 de febrero de 2009

invierno

El almendro del jardín ha empezado a florecer. Mi abuela se duerme en el sofá de orejas mientras el hombre del tiempo sigue anunciando borrascas y lluvia. Han dicho en las noticias que está nevando en medio país. Las grandes ciudades vestidas de blanco. París y Londres bajo la nieve, los aeropuertos más importantes cerrados por temporal. Menudo invierno.
Tengo el armario lleno de bufandas y pañuelos para enredarme en el cuello. Cuando hace tanto frío no sé llevarlo desnudo, ni el cuello ni las muñecas ni los tobillos.
He estado con Abril hace un rato y aún me flojean las rodillas. Se me escapan las fuerzas cuando la miro, me absorbe. Si es que a veces le pediría al mundo que se parase cuando estoy con ella. Joder, es que cuando estamos juntas, se nos escapa el tiempo de una forma brutal...

21 de enero de 2009

tormenta



Imagíante que eres un pez y hay marejada, que las olas te empujan hacia las rocas y tu cola no te sirve de timón. O no. Imagínate, mejor, que eres un pez y se te rompe la pecera; que estalla, miles de cristales por los aires, diminutos trocitos de vidrio afilado y tú ahí, aleteando en el vacío. Concéntrate, ¿lo tienes? Bien, ahora cierra los ojos y dime: ¿qué sientes?

20 de enero de 2009

cumulonimbus


Hoy va a ser una de esos días en que me cueste tanto dormir. Me pasa siempre, después de haber despertado en tu cama. La noche siguiente de haber dormido contigo, sólo soy capaz de echarte de menos, me sobran sábanas y me faltas tú.

El hombre del tiempo ha anunciado la llegada de un frente polar. En clase de geología estudiábamos esas cosas. Las borrascas, los anticiclones, las masas de aire, los cumulonimbus... Qué graciosa es esta palabra. Cumulonimbus. Son las nubes enormes que provocan tormenta. Venía en tren hacia aquí y veía Barcelona a lo lejos, cada vez más pequeña, bajo un cielo de plomo cada vez más espeso. Había una nube negra muy grande encima de la central térmica de Sant Adrià y parecía humo saliendo de esas chimeneas tan altas. Es curioso como a veces me asusta la monstruosa ciudad, y otras, sin embargo, sus calles son como extensiones de mis venas.

Tenemos que comprarnos un chubasquero para las borrascas y una cometa para hacer volar las tristezas, bien lejos. También lo he apuntado en la agenda mientras estaba en el tren. Luego me he embobado mirando las olas y he empezado a pensar en los peces. ¿Cómo se deben oír las tormentas desde el fondo del mar?

18 de enero de 2009

agendas

El viernes fui a la tienda de magia de la calle Princesa. Pregunté por los espectáculos de los domingos y luego subí caminando hasta la catedral. De camino, por eso, me paré en la cafetería de siempre a tomarme un cortado. No suelo tomar café antes de comer, pero me apetecía escribir y al pasar por delante me entraron ganas de entrar, hacía muchos días que no iba.

Subí hasta la FNAC buscándola por las esquinas, aún sabiendo que estaba en otra ciudad. Tengo que dejar de comprarme cds sólo por la carátula, lo he apuntado en la agenda que me trajeron los reyes. Es roja y no paro de apuntar cosas para hacer con ella, sitios a los que ir. Me hace ilusión, eso que nunca he sabido usar una agenda. Tengo apuntado el horario del Aquarium, el día que tengo que matricularme en la facultad y lo que tengo que estudiar para las clases de piano de los miércoles por la mañana.

Hoy, debajo de domingo 18, tenía apuntado vuelve Abril y una sonrisa al lado. Ha llegado un poco triste de Alemania, pero yo creo que es el invierno ese tan frío, que le ha calado los huesos, y ahora se le está deshaciendo la escarcha de los párpados y por eso dice que tiene ganas de llorar. Estamos en su sofá tapadas con la mantita y se ha dormido abrazada a mí.

Hace un rato, se ha quitado sus zapatillas y ha sacado unas viejas del armario. Se las ha puesto y ha dejado las otras junto a mis pies.

- ¿Qué haces?

- Quererte - me ha dicho.

15 de enero de 2009

aviones

Abril está volando hacia Alemania. Yo corto verduras a trocitos muy pequeños mientras hierve el agua del arroz. Le he prometido que voy a estar bien, que seré fuerte estos días. Desde anoche que me estoy preparando para echarla mucho de menos y no estar triste. Nada triste. Por eso he escrito en la agenda que tengo que acordarme de sonreír.

Ayer por la tarde le vi algo raro en los ojos, pero creo que sólo eran las pocas ganas de irse tan lejos a pasar tanto frío. No hay nada mejor que despertarme con ella por las mañanas. Aunque sea tempranísimo y tengamos que ducharnos muy rápido para que no llegue tarde a trabajar. Me encanta ver cómo se le despegan los párpados (y vestir de besos sus bostezos).

Le mandaré un montón de abrazos está noche, antes de irme a dormir. El sábado vuelve a estar aquí. Sólo son tres días. Estaré bien, lo prometo -aunque me den un miedo horrible los aviones-.

6 de enero de 2009

actos reflejos


Las luces de Navidad se apagarán dentro de un momento hasta el año que viene. Cae aguanieve en la calle y no consigo que se me calienten los pies. El termómetro no marca más de cuatro grados y no estás aquí. Suena Invierno en mis oídos. Voy a comprarme el último CD de La Habitación Roja el próximo día que pase por la FNAC. Mañana, quizás. Iré a tomarme un café a ese lugar tan pequeñito de la calle Llibretería, escribiré un ratito en la libreta y luego cogeré el metro hasta Verneda. Esperaré que salgas de trabajar y vengas a buscarme y sonrías cuando me veas. Me gusta que sea lo primero que haces cada vez que me encuentras. Un acto reflejo, como el beso en la boca que te doy al instante yo. Es genial. Aunque ahora tenga frío y tenga que tragarme las ganas de abrazarte. Me he dormido esta tarde en el sofá viendo Un hombre lobo americano en París, justo cuando la chica rubia y delgadita se tiraba desde lo alto de la Torre Eiffel y el prota saltaba detrás a rescatarla. De repente nos he visto ahí arriba, tú y yo. ¿Te imaginas? Qué vértigo da, sólo de pensarlo. Y no sé si es la altura o lo pegada que estoy a ti. Me he puesto a mirar fotos hace un momento y… y… A veces te abrazaría tan fuerte que tengo la sensación de que nos romperíamos. En mil pedazos, como un espejo. Por eso me entra el mal humor y bajo los ojos al suelo. Porque si te miro, reviento. Como cuando nos tenemos que ir y no encuentro la forma de expandir el tiempo, o cuando te digo que te quiero y se quedan pequeñas las palabras. Les falta sentido. Y hoy me sobra el frío tanto como me faltas tú. Pensarte no es más que otro acto reflejo.

2 de enero de 2009

coldplay


Se me va a poner la piel de gallina cuando esta tarde suene Coldplay en la radio. Siempre repiten las mismas canciones, a la misma hora. Sonará a las siete y te echaré de menos. Sonará pasadas las diez y me crecerán serpentinas en las rodillas. Y justo antes de la una, cuando esté quitándome el delantal y poniéndome la chaqueta para irme a casa, volverá a sonar y se me encogerá el estómago con el ooh ohh del final. Ya habré perdido la cuenta de platos, cañas y tacitas de café, y sólo tendré dedos para contar las horas que faltan por verte.

1 de enero de 2009

dosmilnueve

Vestido azul con capucha, botas negras y raya oscura en los ojos. Qué guapa estás, dice Abril. Es el primer año que consigo comerme las uvas sin que me dé la risa en los cuartos. Enero otra vez, jueves uno del dos mil nueve.

Llego a casa con un mechón menos de pelo, algo de resaca y su olor en la piel. Dieciocho horas pegada a su sombra y todavía no me he cansado de besarla. Soy insaciable cuando es ella la que me da de beber, cuando se torna agua el echar de menos, se hacen líquido las miradas y se diluyen los abrazos en el pozo de los sentidos.

Cierro los ojos y todo da vueltas. Gira, el mundo gira a mil por hora y yo salto con los dos pies sobre el calendario; qué ganas de estrenar el primer día a su lado. Despierto con mi boca en su nuca y le soplo flojito al oído. Se da la vuelta, abre poquito a poco los párpados y suelta media sonrisa tonta mientras se despereza. Sábanas amarillas, chocolate con churros y agua ardiendo en la ducha.

A veces, cuando nos abrazamos tan fuerte que siento sus latidos serpenteando entre mis costillas, tengo la sensación de que vamos a quedarnos pegadas. Es… como una especie de simbiosis. La siento dentro, tan adentro, que me cuesta respirar sin que se me tropiece el aliento.

Acostarme sola después de haber dormido la noche de antes con ella, es como intentar dormir con cuatro cafés de más en las venas. Palpar la cama a tientas, buscando inconscientemente su calor, y sentir como se van abriendo huecos en el colchón por donde se cae el sueño. Se cae el sueño y, sin embargo, crecen los sueños.