31 de diciembre de 2008

relojes

Es injusto estar triste, ¿no lo ves? Es injusto si sonríes. Si me miras, si me abrazas, si me quieres. Cómo voy a estar triste si me quieres... Si miro tus fotos antes de acostarme y una hilera de hormigas me nace en el estómago y me sube por la tráquea. Si el corazón me late en la boca cuando me besas y tus ojos me abrigan cuando la escarcha del invierno amanece sobre mi cuerpo.

Dejaré los relojes de arena bajo la lluvia para que los segundos tarden más en caer. Los de cuerda junto a la hoguera, para que las esferas se dilaten con el calor y las llamas ralenticen el incesante tic-tac de las secunderas. El de sol apuntando a la luna, y el tuyo de pulsera sincronizado con mi respiración. Esta noche no habrá tiempo en las paredes, ni en el aire, ni en tu aliento. Esta noche sólo existirá vacío para nosotras. El vacío atemporal en el que la eternidad de mis manos se despoja sobre tu piel.

Cómo iba a estar triste, si te miro... te miro y no me sale más que quererte.

26 de diciembre de 2008

fuego


La chimenea encendida y una peli de Agatha Christie en la tele. Dos velas consumiéndose en el comedor, derramando su cera sobre el mantel de papel que aún cubre la mesa. El poso del café en el fondo blanco de las tazas. Blanco nieve, es Navidad. Seis sillas vacías y el corcho del cava en el suelo, junto a cuatro migajas de turrón y una gota roja, de vino tinto.

Las ocho y veintidós. Poirot está a punto de resolver el crimen y mi mirada no aguanta ni un par de segundos fija en la pantalla. Se cae al fuego, una y otra vez. Arde un tronco de pino y un pedazo de estantería, crecen las llamas y mis ojos no las pueden dejar de mirar. Me hipnotizan las hogueras. Y tú. Tú y un montón de imágenes desnudándose entre las brasas.

Tus manos, tu sonrisa y tu boca. Rescoldos de ti, sacando humo. Las paredes impregnadas de ceniza y los cristales empañados. Tú en el aire. Respiro, te respiro. Tú en mis labios, en mi tráquea, en mis pulmones. Instantes y más instantes grabados a fuego lento en el trastero de la memoria. Y el caso del asesinato en el Nilo resuelto.

Salen los títulos de crédito en la pantalla pero mis ojos no se separan de las llamas. Las siento dentro, muy adentro; y me asusto porque es como si tu piel se estuviese tatuando sobre la mía. Cierra los párpados... ¿Lo sientes? Son tus latidos. Eres tú, fraguando en mí.

21 de diciembre de 2008

pintura

El viernes volví al restaurante. Estuve todo el verano trabajando en el mismo sitio y fue casi como el primer día. Les di brillo a los cubiertos con unas gotas de ginebra y corté una caja entera de champiñones y otra de alcachofas. Aprendí a poner cañas y estuve toda la noche calentándome las manos con las brasas de la parrilla. El invierno se colaba por las grietas de las ventanas, pero se me llenaron los bolsillos de sonrisas incandescentes cuando el móvil vibró con tu nombre en la pantalla.

Acabo de hacer la siesta contigo. En el sofá, con la mantita. Ya, tú no estabas, pero es que tu olor se ha quedado pegado a mi ropa esta mañana –y entre los dedos, y en las pestañas-. Y es como tenerte aquí, en mí, como cuando duermo abrazada a ti aunque nos separen sesenta kilómetros de autopista.

He descolgado las estrellas que colgaban del techo de la habitación. No queda nada más en las paredes. Mañana empiezo a pintar. Las paredes, las estanterías y la ropa. Quiero cambiar de color.