18 de enero de 2010

viajes circulares

Soñar con ser farera en el siglo XXI está pasado de moda. Sin embargo, a Lucía eso le importa poco. Los deseos son caprichosos, y éste se le antojó a su imaginación desde bien pequeña.

Tumbada en la cama, escucha la lluvia caer y le da vueltas a su bola del mundo. La hace girar lentamente, una y otra vez. Lo hace a menudo, antes de acostarse; le relaja ver que la Tierra da vueltas entre sus manos. Señala ciudades y países de nombre curioso y los pronuncia en voz baja, casi como un susurro, sorprendiéndose al instante de lo bien que suenan algunos en su boca. Desata la fantasía y construye mentalmente todos esos pedacitos de mundo desconocido que tanta curiosidad y entusiasmo le despiertan. En sus viajes circulares casi siempre hace escala en el Tíbet, Japón y Groenlandia, pero siempre procura no dormirse sin haber descubierto parajes nuevos.

Fue así como descubrió que hay una línea en medio del océano Pacífico que distingue el hoy del mañana, el ayer del hoy, un hilo entre el antes y el después que se encuentra justo en las antípodas. Aquel día se durmió sabiendo perfectamente que aquel descubrimiento le había dado un pequeño giro a su vida. Constató que a partir de ese momento todo tendría un transcurrir distinto para ella. No se puede vivir igual conociendo la existencia de una línea que te devuelve al pasado. Basta dar un paso para cruzarla, irte a las Islas Kiribati, o a las Aleutianas, para poder hacer lo que se te pasó ayer, para callar lo que no querías haber dicho, para volver a comer patatas en vez de verdura. Cerró los ojos y se dijo que sería allí, entre Alaska y la Siberia, donde construiría su faro.

13 de enero de 2010

nota mental: perseguir las estrellas

Se le había vuelto a apagar la luz mientras estaba sentada en el retrete de aquel bar. Qué mal invento lo de los sensores, nunca la detectaban. Su presencia era imperceptible para las puertas y para las luces. Ya empezaba a acostumbrarse. Encontró la cadena a tientas y tiró de ella. Pagó el café y se abrochó la chaqueta hasta arriba. Afuera seguía lloviendo. Salir a la calle sin paraguas un día de lluvia es exponerse a una alta probabilidad de que cualquiera de esas señoras que se creen que su paraguas es el más grande y el más bonito del mundo te perfore los ojos con las varillas de metal. Sabiendo esto de antemano, se reducía un poco el peligro: se trataba de estar atenta para esquivar los ataques imprevisibles. También sabía que, además, por alguna extraña razón, esas señoras (y señores) tienen la estúpida manía de caminar por debajo de los balcones. Estaba predispuesta a mojarse, al fin y al cabo, tampoco es que le importase mucho. Salió del local con la capucha puesta y con una frase en la cabeza: perseguir las estrellas para no acabar como un pez en una pecera. Al tercer paso ya había metido los pies en un charco. Vaya, por un momento se le había olvidado que sus zapatos tienen un imán hacia el agua. Eso sí que le daba rabia, llegar a casa con los pies fríos. Llevaba un calcetín azul y otro a rayas. Los metería en el cubo de la ropa sucia, encendería el calentador para meterse en la ducha y le daría al play. Hacía dos semanas que Yann Tiersen daba vueltas en el plato de los cd's del ordenador. Luego metería a Ramón en el fregadero para cambiar el agua de su pecera y se haría algo de cenar. Rollitos de primavera, seguramente. Leería el principio de algún libro en voz baja y pensaría, como cada día, que le encantan estos pedacitos de vida, la vida -aparentemente insustancial, vista desde fuera- con la que soñaba desde pequeña.

16 de noviembre de 2009

un brindis


Qué regalarte para compensar todo esto. Una estrella, un planeta, una isla... Y creo que ni así sería suficiente. Cómo explicar que a veces me miras y te abrazaría tan fuerte, tan tan fuerte que traspasaría mi piel con la tuya, tu piel con la mía –qué más da el orden si el fin es el mismo-, para fundirme en tu cuerpo, para sentir tus latidos retumbarme en los huesos, los lunares serpenteando al vuelo de tu respiración. Como Harry Potter atravesando la pared del andén nueve y tres cuartos para aparecer en el mundo de la magia, en otra realidad.
Una cometa con una cola de besos. Mi voz en forma de enredadera trepando por tu ventana, piso doce del edificio más alto de la ciudad (el vértigo en el desguace de sensaciones innecesarias). Hojas de suspiros subiendo por tus pies, por tu espalda, y un susurro en la nuca hasta llegar a tu oído, serpiente cascabel sembrando semillas de querer para que florezcan en tu boca, labios de pétalos de rosa, riégame con tu saliva que se me encoge el corazón con el árido deseo de sentirte en mi interior, adentro, mar adentro. Vitamina tu mirada, salvavidas de ilusión.
Una luna, una playa, una canción. ¿Valdría un pedazo de cielo para agradecer (quizás demostrar) que es tu voz, tu latir, tu bailar, tú, la que marca el rumbo a mi timón hacia el punto más ingrávido del universo? Allí, donde no pesa la duda, ni el tiempo, ni el prejuicio. El lugar preciso para hilvanar una vida entera de domingos en tu sofá, el verano en la nevera y el invierno en la sartén, que hoy comemos ensalada de rayos de sol y salteado de nieve. Los recuerdos esparcidos por toda la casa, noches que se asoman debajo de la almohada, amaneceres entre las sábanas, mojitos en el balcón y tormentas en la ducha.
Recetas para quererte de mil maneras en cualquier época. El mejor regalo debe de ser seguir aquí, seguir así, acunando este sueño entre los brazos. Los abrazos envueltos en papel de colores, acércate, que vamos a brindar. Un par de copas de lluvia y mírame a los ojos: por ti y por mí, por esta historia casi irreal, atemporal, que rebosa los límites de la fantasía.