Soñar con ser farera en el siglo XXI está pasado de moda. Sin embargo, a Lucía eso le importa poco. Los deseos son caprichosos, y éste se le antojó a su imaginación desde bien pequeña.
Tumbada en la cama, escucha la lluvia caer y le da vueltas a su bola del mundo. La hace girar lentamente, una y otra vez. Lo hace a menudo, antes de acostarse; le relaja ver que la Tierra da vueltas entre sus manos. Señala ciudades y países de nombre curioso y los pronuncia en voz baja, casi como un susurro, sorprendiéndose al instante de lo bien que suenan algunos en su boca. Desata la fantasía y construye mentalmente todos esos pedacitos de mundo desconocido que tanta curiosidad y entusiasmo le despiertan. En sus viajes circulares casi siempre hace escala en el Tíbet, Japón y Groenlandia, pero siempre procura no dormirse sin haber descubierto parajes nuevos.
Fue así como descubrió que hay una línea en medio del océano Pacífico que distingue el hoy del mañana, el ayer del hoy, un hilo entre el antes y el después que se encuentra justo en las antípodas. Aquel día se durmió sabiendo perfectamente que aquel descubrimiento le había dado un pequeño giro a su vida. Constató que a partir de ese momento todo tendría un transcurrir distinto para ella. No se puede vivir igual conociendo la existencia de una línea que te devuelve al pasado. Basta dar un paso para cruzarla, irte a las Islas Kiribati, o a las Aleutianas, para poder hacer lo que se te pasó ayer, para callar lo que no querías haber dicho, para volver a comer patatas en vez de verdura. Cerró los ojos y se dijo que sería allí, entre Alaska y la Siberia, donde construiría su faro.